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La responsabilidad del Príncipe
Bodas reales, bodas de Estado A pesar de su importancia en la sucesión de la Casa Real y del Trono de España, y con la única excepción de su padre, el rey Juan Carlos I, los inmediatos antecesores del príncipe Felipe no contrajeron matrimonio hasta después de comenzar sus respectivos reinados en España. Las conspiraciones políticas y las disputas dinásticas no faltaron en algunos de esos matrimonios, que luego se consolidarían en monarquías efectivas. Lo mismo Alfonso XII, su hijo, Alfonso XIII, y el hijo de éste, Juan de Borbón, que no llegó a reinar, vivieron en complejas circunstancias personales y políticas (dos repúblicas, las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco) que convirtieron en azarosas sus biografías personales y matrimoniales. Alfonso XII (1857-1885), hijo de la reina Isabell II, llegó al trono en 1875 y no se casó hasta 1878 (23 de enero), con su prima María de las Mercedes de Orleans (1860-1878), sobrina de Isabell II y nieta del rey Luis Felipe de Francia. El fuerte vínculo familiar no impidió, bien al contrario, que aquella fuera una historia de amor casi imposible, que la persistencia de Alfonso XII consiguió llevar a buen puerto. El padre de María de las Mercedes, duque de Montpensier, era mal visto en la corte de Isabel II (abdicó en 1870 a favor de su hijo), quien sospechaba que pretendía el trono. La tirantez política y personal fue un obstáculo para una boda que tendría un triste final, pocos meses después de celebrarse. La nueva reina de España falleció a los dieciocho años, el 27 de junio de 1878, sin dejar descendencia y creando una de las leyendas románticas del Madrid de los Borbones. En un nuevo matrimonio de Alfonso XII, celebrado al año siguiente, con la archiduquesa de Austria, María Cristina de Habsburgo-Lorena, la sucesión quedó asegurada con el nacimiento del futuro Alfonso XIII (17 de mayo de 1886), hijo póstumo del Rey. Anteriormente, en el mismo matrimonio habían nacido las infantas María de las Mercedes y María Teresa. Con la reina María Cristina ejerciendo como regente hasta 1902, Alfonso XIII empezó a reinar de manera efectiva, pero no contrajo matrimonio hasta cuatro años más tarde, en 1906, cuando se casó con Victoria Eugenia de Battenberg. Los Reyes tuvieron seis hijos, Alfonso, Jaime, Beatriz, Cristina, Juan, a quien Alfonso XIII nombró sucesor de los derechos dinásticos, y Gonzalo. El abuelo del Príncipe de Asturias, Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona (1913-1993), contrajo matrimonio en el exilio, en Roma (1935), con María de las Mercedes de Borbón, con la que tuvo cuatro hijos, la infanta María del Pilar, el actual rey de España, Juan Carlos, la infanta Margarita y el infante Alfonso. La II República se había proclamado en 1931 y tras ella llegó la dictadura de Francisco Franco, que mantuvo a Juan de Borbón alejado de los círculos del poder, sin reconocerle sus derechos dinásticos, al no ser nombrado sucesor de Franco en la jefatura del Estado. Juan de Borbón renunció a sus derechos a la Corona en mayo de 1977. También el padre de don Felipe, Juan Carlos I (Roma, 5 enero 1938), contrajo matrimonio en el extranjero. Concretamente en Atenas. La boda con la hoy reina de España, doña Sofía, tuvo lugar en mayo de 1962. De este matrimonio nacieron el príncipe Felipe y las infantas Elena y Cristina. La elección del Príncipe La Casa Real ha anunciado oficialmente el compromiso matrimonial de Su Alteza Real el Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón y Grecia, con la periodista Letizia Ortiz Rocasolano. El anuncio, de esta manera, pone término a una larga especulación sobre el futuro del heredero de la Corona española. Y lo primero que hay que subrayar es que la decisión es una buena noticia. La boda real, que se celebrará a principios del verano del 2004 en la catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid, será un acontecimiento político que tendrá una excepcional importancia. Los ríos de tinta vertidos en el debate sobre las relaciones sentimentales del príncipe don Felipe no van a dejar de correr a partir de ahora como por ensalmo. Parece inevitable que así sea. La razón es clara: la boda del príncipe Felipe con Letizia Ortiz Rocasolano será una boda de Estado. La polémica sobre el futuro del Príncipe se ha centrado en los últimos años en los avales que la futura reina de España necesitaría. Patrones preconcebidos de cómo llegar a ser reina de España no faltan. La historia se ha encargado de recogerlos. Pero los tiempos, como el reinado de don Juan Carlos I ha sabido demostrar fehacientemente, también han cambiado. En las interminables especulaciones sobre la elección que debería hacer el príncipe don Felipe se han apuntado todo tipo de razonamientos, aunque también más de un disparate. Pero lo que resulta incontestable es que, desde el sentido común y la responsabilidad, no podía pensarse que en el trono que en los últimos cien años han ocupado, con dignidad perfecta, María Cristina de Austria, Vitoria Eugenia de Battenberg y, ahora, Sofía de Grecia se sentara en el futuro una joven avalada, por ejemplo, sólo por un magnífico currículo académico. De esta manera, el anuncio realizado ayer por la Casa Real es una prueba del sentido de la responsabilidad, de la cautela y de la sensatez del príncipe Felipe. Lo significativo es que sean el temperamento, la calidad humana y la capacidad de comunicarse las principales características, y no el linaje, de la futura reina. Y ante el decisivo desafío que comporta el compromiso matrimonial, nadie que no sea el propio príncipe Felipe ha podido valorar mejor las cualidades de Letizia Ortiz Rocasolano para convertirse en su futura mujer y, por lo tanto, llegado el día, en la reina de España. La Boda del Príncipe de Asturias Por Esperanza Aguirre, Presidenta de la Comunidad de Madrid. ABC A lo largo de nuestras vidas vivimos, en contadas ocasiones, algunos acontecimientos con la conciencia de que aparecerán en los libros de Historia que leerán las generaciones venideras. España, Madrid y todos nosotros nos preparamos para vivir uno de esos momentos con la boda del Príncipe de Asturias y Doña Letizia Ortíz Rocasolano el próximo día 22 de mayo. La boda del Príncipe heredero del trono de España es un hecho que se ha producido muy pocas veces en la Historia de España y siempre, desde la lejana boda del malogrado Príncipe Don Juan, el hijo de los Reyes Católicos, que todavía cantan los romances, esas bodas han sido vividas por sus contemporáneos con alegría, con esperanza y con ilusión. La monarquía de hoy ya no se rige por las normas y principios de antaño, sino que es una Institución clave en el edificio de nuestra España Constitucional, y la relación de los ciudadanos con la Familia Real ya no tiene, pues, los caracteres de otras épocas. Por eso, la alegría, la esperanza y la ilusión con que los madrileños vamos a vivir la boda de Don Felipe y Doña Letizia son sentimientos que, además de la emoción que les otorga el carácter trascendental del acontecimiento, parten del convencimiento racional de que para España y la convivencia de todos los españoles del presente y del futuro la felicidad de la nueva pareja tendrá una influencia indiscutiblemente positiva. Madrid con la Corona Por Alberto Ruíz-Gallardón, Alcalde de Madrid. ABC Por encima de los planteamientos que sólo han sabido ver en Madrid una Villa convertida en Corte, ésta ha sido ante todo ciudad. Una ciudad, bien es verdad, cuya Historia está estrechamente ligada a la Corona, tanto como al conjunto del país, pero en la que fundamentalmente se hace sentir ese elemento propio de diversidad y audacia que siempre aporta la vocación urbana, y que es el que ha permitido a Madrid ser, desde hace cerca de 450 años, capital. Capital primero de la Monarquía Hispánica, y hoy de la España constitucional del siglo XXI. Capital que no se ha limitado a prestarse como simple escaparate en el que los distintos monarcas proyectarán su imagen, sino que ha actuado como activa promotora de la convivencia entre los españoles. Porque Madrid, que desde luego es Corte, ha sido también una ciudad viva, con sentimientos, comprometida con cuanto la rodea, capaz de proponer ideas cuya repercusión se ha hecho sentir en España entera. Sobre todo, ha sido un espacio simbólico con el que se han podido identificar los ciudadanos del país. Y es que, para ejercer la capitalidad, no basta con el título que la acredita, sino que es necesario que esa condición sea generalmente reconocida y apreciada. Sentimientos que a su vez exigen de nosotros una reciprocidad que explica la peculiar naturaleza de una capitalidad que no se sustenta en la diferencia con otras ciudades o territorios, sino en su capacidad para acoger a ciudadanos de toda nuestra geografía, para superar diferencias, para representar al país, para sumir como propio todo lo bueno que España produce. En tanto que realidad de síntesis, que por serlo responde a las necesidades de la institución integradora por excelencia-la Corona-, Madrid constituye el escenario natural para el gran acontecimiento que el 22 de mayo protagonizarán Su Alteza Real el Príncipe de Asturias y Doña Letizia Ortiz Rocasolano. Después de casi un siglo, la capital volverá a ser participe de una boda real- si como tal consideramos la de un Rey o un Príncipe de Asturias- en un día que marcará no sólo una fecha para el jubilo de una ciudad, sino también una ocasión para la reflexión de un país que tiene mucho que celebrar a propósito del camino recorrido. Pues, si la distancia entre el 31 de mayo de 1906, día de la boda de Alfonso XIII con la Reina Doña Victoria Eugenia, y el 22 de mayo de 2004 es tan larga, no es solo porque separe a varias generaciones, sino por el sinfín de acontecimientos, convulsiones y esperanzas que España ha conocido en el ínterin. Baste decir que, entre una y otra boda real, hubo otras fueras de España-la de Don Juan de Borbón en Roma, y la de Su Majestad el Rey Don Juan Carlos en Atenas-, y que si las razones de esa lejanía forman parte de la agitada Historia de España, la celebración de la actual en Madrid es en cambio un signo de reconciliación y normalidad. La última boda real celebrada en la ciudad, la del bisabuelo del Príncipe de Asturias, coincidió con el despertar de una ensoñación que, hasta ese momento, impedía a España abordar su futuro. En aquella época, Madrid apenas superaba el medio millón de habitantes, no tenía Metro y sus servicios públicos eran insuficientes. Sus carencias simbolizaban un atraso de carácter nacional, de la misma manera que sus incipientes progresos anunciaban un resurgir más general. Hoy la realidad es bien diferente, como corresponde a la capital de un país que en el último cuarto de siglo ha recuperado parte del tiempo perdido durante la centuria. Madrid ha multiplicado por seis su población, cuenta con una red de Metro de más de 230 kilómetros y convoca una actividad empresarial y cultural inéditas. Madrid, en fin, es hoy una ciudad que ha tomado la firme decisión de convertirse en una gran metrópoli del siglo XXI, con unas posibilidades de las que carecía hace 98 años, y de las que se ha dotado gracias a la tenacidad de sus gentes. Porque entre ese ayer y este hoy, esta ciudad habrá de ser epicentro de movimientos culturales y políticos, sufrirá el dolor de llevar plomo en sus entrañas y superará tiempos de silencio. Será, durante todo el siglo, una ciudad más viva de lo que aparenta, en la que subyace una sociedad civil inquieta. Será también la veta por la que penetren y se difundan a toda España los pensamientos y corrientes más avanzados, los movimientos artísticos de la vanguardia, los proyectos regeneradores para el futuro. Más allá de las políticas oficiales, Madrid y sus ciudadanos evolucionarán y se prepararán para nuevos tiempos, conformando un espacio de innovación. Solo así se explica que, cuando los españoles logran al fin recuperar la voz y el protagonismo que les corresponde, Madrid apoye plenamente ese proceso descentralizador. En ese momento, desvestida de cualquier privilegio, cuando se produce su gran eclosión. Con todo este equipaje, Madrid acogerá la boda del heredero de la Corona en la seguridad de saberse capital de esa realidad pujante que es España. El 22 de mayo renovará con mayor solemnidad, pero con la misma intensidad de todos los días, su compromiso de desempeñar lo mejor posible la misión y la responsabilidad que le encomienda el artículo 5 de la Constitución. La ciudad volverá a poner de manifiesto su vinculación con la Corona y con lo que ésta representa dentro del ordenamiento constitucional, y ese Madrid abierto y diverso, que tantas muestras de solidaridad y coraje ha dado en este tiempo, será ese sábado una ciudad agradecida por lo mucho que ha recibido de toda España. Como en tantas otras ocasiones, Madrid y la Corona volverán a estar juntas. Y si hace unas semanas la Familia Real compartía con Madrid el dolor de sus ciudadanos, ahora son estos los que corresponden a esa cercanía expresando su satisfacción por esta boda. El 22 de mayo también será un día en que el mundo se asomará a esta ciudad, y en el que Madrid mostrará lo mejor de sí misma. Lo hará sintiéndose legítimamente orgullosa de su condición de capital de España, una Nación que durante el reinado de Su Majestad Don Juan Carlos I ha sabido sorprender a todo el mundo como un incesante motor de progreso, convivencia y libertad. La esencia de la Monarquía Por José Antonio Zarzalejos, director de ABC La boda del Príncipe de Asturias y doña Letizia Ortiz abre una nueva etapa en la Monarquía española, aseveración que, en esta ocasión, trasciende del tópico para constituir una realidad de gran dimensión y repercusiones. Por uso dinástico que ha hecho norma, la Pragmática de Carlos III, los matrimonios “entre iguales”-miembros de la realeza- han sido la constante en la Familia Real española. El enlace del próximo 22, quiebra este uso normativo interno que respondía a una endogamia históricamente explicable en la necesidad, por una parte, de establecer uniones familiares entre Casa Reales para asentar políticas de alianzas, y, por otra, de disponer siempre de trayectorias vitales de los cónyuges reales lo suficientemente opacas para que la invulnerabilidad de los que encarnasen la institución la protegiesen de la observación critica en consonancia con el papel simbólico y ejemplarizante de la Corona. Cuando estos matrimonios no eran posibles y se celebraban “por amor” –morganáticos, en un lenguaje más técnico-, los derecho s sucesorios decaían habitualmente por renuncia expresa del titular de los mismos o eventualmente, por aplicación de la Pragmática con mayor o menor reticencia del interesado. Así ha ocurrido hasta bien recientemente en la Familia Real española. Esa plurisecular etapa de vigencia de la constitución interna de la dinastía quiebra ahora con el matrimonio del Príncipe de Asturias con doña Letizia Ortíz. No puede negarse el anacronismo de estas viejas prevenciones, que pensadas para contextos históricos diferentes, carecen ahora en parte del sentido y explicación que tuvieron. Pero derogado el uso normativo interno en la dinastía que ninguna norma constitucional ni de rango menor ampara en el ordenamiento jurídico español, no queda sin vigencia alguno de los valores que protegían. Se ha interpretado, a mi juicio erróneamente, que este matrimonio real procura la “normalización” de la Monarquía y su “democratización”. Si así fuese- que no lo es- la Monarquía se introduciría en un proceso de dilución de su identidad histórica e institucional. La Corona no es una institución susceptible de “normalización” porque, por su carácter, es excepcional, diferente, distinta, lo que la hace irreducible a patrones estandarizados. Y es en esa singularidad en la que reside su fortaleza porque todo cuanto institucionalmente le rodea- el Gobierno, los partidos, los sindicatos, las asociaciones- es “otra cosa” y, sobre todo, tiene otra misión que no milita en tendencias, ideologías e intereses. La excepcionalidad de la Monarquía es que su inserción en la Nación y en el Estado de conformidad con un ordenamiento constitucional que establece el estatuto de sus deberes y derechos, de sus servidumbres y de sus privilegios, al servicio-sin aceptación de credos o ideologías- del denominado bien común. Si “normalizar” se entiende como simbiosis social de la Corona con la sociedad, como una suerte de sintonía en la que ambas partes conocen su papel y se reconocen su función, valdría el termino. Doña Letizia, en este orden de cosas, aportará experiencias vitales, un conocimiento más próximo de algunas realidades y una determinada sensibilidad sustanciada en su propia biografía. Pero doña Letizia no será un ariete contra las pautas de la Monarquía, de tal forma que la crítica inmerecida con que se impugnan algunas de sus presencias o sus ausencias, acreditan que la futura Princesa de Asturias, sin desmentir su personalidad ni su trayectoria, es conscientemente de sus obligaciones y las cumple con un sentido de responsabilidad encomiable. Peor aún es suponer que la incorporación de doña Letizia Ortíz a la Familia Real suponga una suerte de “democratización” de la Monarquía. La Corona no es electiva, luego no es democrática en su naturaleza; pero su presencia y función lo es por la voluntad constitucional de los españoles. A la legitimación de ejercicio, añade la de carácter dinástico y la histórica, hasta componer, a estas alturas de la historia, una institución, que asume la Jefatura del Estado en las condiciones estrictas de la Carta Magna, plenamente conectada con una sociedad de libertades de la que se alza en garante al ostentar, además, la Jefatura de las Fuerzas Armadas ya irreversiblemente sometidas al poder civil emanado de las urnas. No hay, pues, “democratización” de la Monarquía en la acepción estricta de este término que no se haya consumado ya. Jugar con las palabras es hacerlo con los conceptos porque aquellas traen éstos y los divulgan para bien o para mal. La conclusión parece clara: la Monarquía parlamentaria es la forma de Estado en España, está ya sancionada e incorporada al ordenamiento jurídico con sus singularidades indispensables, y legitimada democráticamente, no requiere de adiciones estructurales, sean políticas o jurídicas, sin prejuicio del proyecto de evitar la prevalecía del varón en la sucesión. Las adiciones adjetivas vienen de la mano de la personalidad de los Reyes y de su Heredero y, a partir de ahora, de la Princesa de Asturias que se incorporará – y así cumple su papel- a los valores propios de una institución moderna y arbitra, que representa y une, que encarna el pasado y la tradición e impulsa un futuro en el que, como Don Felipe ha declarado en repetidas ocasiones, la Corona estará presente en una Nación que gestione su normalidad en libertad y concordia. En ambas, en la libertad y la concordia como contexto histórico y social de su funcionamiento, está la esencia de la Monarquía. |