
Gracias, Santo Padre
Por JAVIER ECHEVARRÍA Obispo prelado del Opus Dei
ABC, 16/10/2003
En las imágenes del Papa que los medios de comunicación
nos ofrecen en estos últimos años hay, me parece, un elemento
permanente y otro que cambia: por una parte, reflejan cómo el
cuerpo de un hombre se consume inexorablemente con el paso del tiempo;
por otra, muestran con igual claridad, pero con más fuerza, un
fenómeno que no registra cambio de tendencia: en todos los rincones
del mundo, muchedumbres se estrechan en torno a su persona con idéntico
fervor.
Muchas explicaciones se han querido dar a este hecho. Por lo general,
se ha intentado responder al misterio de ese magnetismo de Juan Pablo
II indagando en las expectativas que mueven a tantas personas a dirigirse
a él. Por ejemplo, el difundido deseo de paz: Juan Pablo II se
interpone en todos los conflictos que ensangrientan el mundo e invariablemente
invoca el perdón, con una perseverancia más fuerte que
las divisiones, como camino necesario para una paz verdadera. Otros
sostienen que lo que mueve a dirigir nuestra mirada al Papa es la sed
de verdad, tan viva en una sociedad cansada de mentiras y de modas efímeras:
la voz del Papa proclama sin temor una verdad perenne, una moral insobornable,
que se alza en defensa de la dignidad del hombre.
Para entender el extraordinario atractivo de Juan Pablo II, entiendo
que es preciso profundizar más. Se impone escrutar lo que la
teología llama "sensus fidei": esa especie de instinto
de la fe que palpita en la mente y en el corazón de los cristianos.
Desde este punto de vista, se observa una Iglesia apiñada en
torno al Papa, una Iglesia que no puede alejarse de su Pastor supremo
porque se sabe incapaz de concebirse a sí misma sin él.
Y muestra también un Papa que existe para la Iglesia y en el
que la Iglesia busca el rostro de Cristo.
Quien lo escucha siente que habla con una autoridad que procede de arriba:
de ese Evangelio que no pasará "mientras no pasen el cielo
y la tierra" (Mt 5,18). Junto al Sucesor de Pedro se siente la
presencia de un vínculo de comunión más fuerte
que cualquier otro basado en motivos de historia o de cultura. Se toca
así el misterio que hace de la Iglesia la familia de Dios y de
cada hombre un hijo de Dios.
A medida que la edad y el sufrimiento físico debilitan sus fuerzas,
la voluntad del Papa se robustece en la unión con la Cruz de
Jesucristo, que -salta a la vista- ama con generosidad ejemplar. Contemplar
el rostro de Cristo es el objetivo que Juan Pablo II ha señalado
a la Iglesia para que ésta pueda "asumir con nuevo ímpetu
su misión evangelizadora" (Carta apostólica "Novo
millennio ineunte" 2) en el umbral del tercer milenio.
Y no podemos dejar de pensar en el Papa, en su misión de Pastor
de la Iglesia universal, al leer estas otras palabras suyas: "Los
hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente,
piden a los creyentes de hoy no sólo "hablar" de Cristo,
sino en cierto modo hacérselo "ver". ¿Y no es
quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada
época de la historia y hacer resplandecer también su rostro
ante las generaciones del nuevo milenio?" (ibidem, 16).
Este "contacto" con el Señor se produce también
y muy especialmente en el dolor: "La Iglesia está invitada
continuamente por Cristo a tocar sus llagas, es decir, a reconocer la
plena humanidad asumida en María, entregada a la muerte, transfigurada
por la resurrección: "Acerca aquí tu dedo y mira
mis manos; trae tu mano y métela en mi costado" (Jn 20,27).
Como Tomás, la Iglesia se postra ante Cristo resucitado, en la
plenitud de su divino esplendor, y exclama perennemente: "¡Señor
mío y Dios mío!"" (Jn 20,28) (ibidem, 21).
En la unión del Sucesor de Pedro con Jesucristo, que cada uno
intuye con mayor o menor hondura, se encuentra, a mi modo de ver, la
explicación última de la misteriosa sintonía que
existe entre el Papa y la gente. El natural sentimiento de afecto y
gratitud que todos los cristianos manifestamos a Juan Pablo II en estos
momentos es, en el fondo, el reconocimiento de que el Papa nos ha hecho
redescubrir lo mejor de nosotros mismos: nuestra relación personal
con el Dios que nos ha creado y salvado en su Amor.
Ya en su primera encíclica leemos que el hombre "es el primer
camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión".
La razón última de su contacto inmediato con el corazón
de los creyentes se forja en que la pasión del Papa por el hombre
hunde sus raíces en Dios hecho Hombre. Juan Pablo II se nos muestra
cercano, porque nos recuerda que Cristo está muy cerca de nosotros,
vive con nosotros y da sentido a nuestra vida. Una certeza tan firme
que no necesita más pruebas que la Cruz: esta Cruz en la que
todos contemplamos también al Papa.
Resulta muy lógico que en este aniversario de Juan Pablo II consideremos
la importancia de su figura, la profundidad de sus enseñanzas,
las consecuencias de sus decisiones. Y brota de modo natural también
que sintamos la necesidad de expresar nuestro agradecimiento, de todo
corazón. Secundando lo que nos acaba de pedir en Pompei, el día
de la Virgen del Rosario, queremos rezar siempre por él, como
muestra de afecto filial y de profundo y sincero agradecimiento.
Tú eres Pedro
Por ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA, Cardenal-Arzobispo de Madrid
ABC, 16/10/03
Alos XXV años de la elección de Juan Pablo II la Iglesia
sólo puede manifestar agradecimiento al Espíritu Santo
por su elección y al Papa por su fidelidad a ser para nosotros
la "piedra" de Pedro. Peter Seewald ha dicho con razón
que "Juan Pablo II ha sido la piedra del siglo XX". La vocación
de Pedro es la de todos los Papas: asumir el carisma de la piedra sobre
la que Cristo ha querido edificar su Iglesia. La providencia divina
había preparado sabiamente esta piedra que ayudaría a
la Iglesia del último cuarto del siglo XX a salir robustecida
de cierta crisis de inseguridad, temor y ¿por qué no decirlo?
de cierta falta de identidad. Juan Pablo II nos ha introducido en el
siglo XXI robustecidos por las certezas que la Iglesia porta desde su
origen y que el Concilio Vaticano II ha formulado pastoralmente para
los hombres de nuestro tiempo. ¿Quién a lo largo de estos
años no ha fortalecido su fe gracias a la roca de Pedro? ¿Quién
no ha sentido consolidarse en su corazón las certezas bautismales?
Decía que Dios nos lo había preparado desde su juventud,
como se preparan los duros metales, en el crisol de una historia de
fe y de sufrimiento que no cesó al llegar a la silla de Pedro.
Sufrió la persecución comunista, la clandestinidad de
una iglesia de mártires que ha confesado la fe sin miedo a perder
la vida, y el enfrentamiento martirial ante los poderes de este mundo
que hizo de él un sacerdote, obispo y cardenal servidor de la
verdad evangélica. Como el justo, maduró en el sufrimiento
y floreció en la verdad. Desde que se sentó en la silla
de Pedro hemos visto a un testigo de la caridad de Cristo que puede
decir las mismas palabras del Papa Galileo: "A los presbíteros
que hay entre vosotros los exhorto yo, presbítero con ellos,
testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria
que está para manifestarse...". Juan Pablo II no ha escamoteado
ninguno de los sufrimientos que vienen de la fe: la ha confesado y proclamado
con valentía; la ha servido sin concesiones ni titubeos; la ha
vivido con la pasión de quien, como Pedro, sabe que sólo
Cristo tiene palabras de vida eterna. Con su permanente y oportuno magisterio
sobre todas las cuestiones que afectan al hombre, Juan Pablo II nos
ha colocado siempre en el umbral de la eternidad, de la Vida divina,
donde el hombre puede respirar el mismo aliento que Dios le insufló
al ser creado. Siempre peregrino, haciendo del Papado un servicio a
la catolicidad de la Iglesia, ha llevado a todos los hombres la única
verdad que conduce a la Vida eterna.
Padre del concilio y sucesor de los dos Papas que lo hicieron, Juan
Pablo II ha sabido preservar, como ha hecho la Iglesia en sus momentos
decisivos, "la identidad del conjunto como la capacidad de lo viviente
para expresarse y representarse de nuevo. Y aquí el actual pontífice
ha prestado sin duda una aportación esencial" (cardenal
Ratzinger). La solidez de la roca, la ortodoxia católica, no
ha impedido al Papa expresar y representar la fe de modo actualísimo,
siempre atento al hombre, a quien en su primera encíclica llamó
camino de la Iglesia. Sólo los ciegos pueden tildarle de inmovilista.
La humanidad de este Papa entrañable y compasivo, su firmeza
para denunciar el pecado y acoger al pecador, su capacidad para solidarizarse
con los problemas del hombre y del mundo, sus sufrimientos, acogidos
como parte de la sede en que ejerce su supremo magisterio -al modo y
estilo de la cruz- hacen de él un testigo insuperable de lo humano,
camino por el que el Espíritu y la Iglesia, providencialmente,
han querido desentrañarnos el ministerio de Pedro. Sobrecoge
contemplar el camino de Dios en este hombre frágil que un hermoso
día de octubre apareció como el "atleta de Dios"
espantando el miedo de los creyentes; conmueve ver el misterio del obispo
de Roma crucificado a su dolor, que cumple su oficio fielmente, y que
no es otro que el de dar la vida por las ovejas, hasta la última
gota, como hizo el gran Pastor del rebaño, Jesucristo. En esta
fragilidad y debilidad permanece la piedra de Pedro. Y, desde la cruz,
nos engendra cada día a la única certeza que necesitamos
para salvarnos: creer en Aquél que ha dado la vida por nosotros,
que nos ha rescatado del pecado y de la muerte, y que nos ha dejado,
en su Iglesia, el icono de su propia entrega: el Papa. Juan Pablo II
ha entendido así su ministerio de Pastor supremo. En plena obediencia
a Dios asumió hace veinticinco años el oficio de amor
que le ha llevado a dar la vida por la Iglesia. En humilde y gozosa
obediencia lo realiza cada día escuchando en su interior la voz
del Maestro: ¡Sígueme! Y sólo nos queda decir: gracias,
Santo Padre, tú eres Pedro.
Un Papa ejemplar
Editorial ABC, 16/10/2003
HOY se cumple el vigesimoquinto aniversario del pontificado de Juan
Pablo II, el cuarto más largo, por ahora, de la historia de la
Iglesia y uno de los más fecundos. Y no sólo ni principalmente
por todas las marcas que ha batido, en viajes, encíclicas y canonizaciones,
sino, sobre todo, por el alto valor doctrinal de su enseñanza,
su fidelidad al mensaje cristiano originario y la ejemplaridad de su
conducta. No existe mejor manera de transmitir un mensaje moral que
exhibir el propio ejemplo. Ha sido el primer Pontífice eslavo
y el primero no italiano en los últimos cuatro siglos. El balance
de su pontificado, a pesar de su quebrantada salud, sólo puede
ser provisional, aunque ya es muy positivo. Es un tópico referirse
a su progresismo político y social y a su conservadurismo moral.
Son categorías impertinentes. Máxime si se entiende que
el Papa es el depositario de un mensaje antiguo de veinte siglos con
vocación de eternidad. En cierto modo, tiene la obligación
de ser conservador. Por lo demás, ha sido profundamente innovador,
casi revolucionario, en la manera de ejercer el Papado.
Juan Pablo II es, además de guardián y difusor del mensaje
evangélico, un referente moral para millones de personas que
no son católicas, pero que perciben en él la encarnación
de valores morales universales. En sus libros, encíclicas y documentos,
hasta en la más breve y circunstancial de sus alocuciones, puede
percibirse la altura y profundidad de sus fundamentos doctrinales teológicos
y filosóficos. Es un excelente conocedor y expositor de los fundamentos
del personalismo, además de un apasionado de la mística
española, especialmente de San Juan de la Cruz. No ha dudado
en pronunciarse sobre las grandes cuestiones teológicas, morales
y políticas de nuestro tiempo. De su enseñanza acaso quepa
destacar la defensa indeclinable de la dignidad humana y de la vida
y el fomento del diálogo interreligioso. Ha sido audaz a la hora
de rehabilitar a figuras históricas condenadas por la Iglesia
y al pedir perdón por los errores pasados de una institución,
que, pese a su vocación sobrenatural, está formada por
hombres falibles. Otros no siguen con facilidad este ejemplo y se obstinan
en los errores o los niegan. Por si fuera necesario apoyar estas valoraciones,
baste recordar el inmenso apoyo popular y el entusiasmo que ha despertado
en sus viajes un Papa que ha protagonizado las mayores concentraciones
humanas de la historia. Por ejemplo, cuatro millones de personas en
Manila. España ha estado muy presente en la mente y en los viajes
del Papa durante estos cinco lustros, mucho más allá de
los límites de la cortesía. Como en toda obra humana,
existen limitaciones y errores que, en ningún caso, alteran el
muy positivo balance de un Pontificado que, sin haber concluido, pertenece
ya a la más fecunda historia de la Iglesia.
Juan Pablo II no es sólo un Papa teólogo, moralista y
pensador. Es también un Pontífice poeta y deportista.
Antes de ordenarse sacerdote trabajó en una cantera y en una
fábrica. Conoció de primera mano las atrocidades de los
totalitarismos comunista y nazi y contribuyó a la caída
de la gran mentira de la tiranía soviética. Acaso aquí
residan algunas de las raíces de la animadversión que
le profesan los devotos nostálgicos del comunismo. Hoy, veinticinco
años después de aquel primer saludo desde el balcón
vaticano, Juan Pablo II, casi sin voz y con la vida gastada pero no
concluida, persevera en la que acaso sea su mayor enseñanza moral:
recordar con el sacrificio y el ejemplo la exigencia inexcusable del
cumplimiento del deber.
Un hombre de Dios
Por SANTIAGO MARTÍN
La Razón, 16/10/2003
Veinticinco años son muchos años para estar al frente
de la Iglesia. Es algo que no es normal. Por eso, cuando ocurre, hay
que pensar que aquel que lleva cuenta de todo y de quien depende todo,
Dios, ha decidido mantener en su puesto a esa persona por algún
motivo especial. No me cabe duda de que no sólo actuó
la Divina Providencia el día de la elección de Juan Pablo
II, o el día en que Alí Agca intentó asesinarle,
sino que sigue actuando para que pueda seguir siendo el siervo de los
siervos de Dios.
¿Y cuál es el servicio que ha prestado y sigue prestando
este Papa a la comunidad católica y a la humanidad? Ante todo,
uno: hacer que la Iglesia sea lo que quiso su fundador: una religión,
una "religación" de los hombres con Dios, un puente
que comunique la orilla divina con la humana. Creo que ésta ha
sido la gran aportación de Juan Pablo II: situar la espiritualidad
en el corazón de la vida de la Iglesia. Porque, gracias a esa
espiritualidad, los polacos tuvieron fuerza para derribar el comunismo;
gracias a esa espiritualidad, los jóvenes se sienten atraídos
por la religión y están aumentando las vocaciones; gracias
a esa espiritualidad, los misioneros han vuelto a recuperar el sentido
religioso y no sólo social de su labor; gracias a esa espiritualidad,
los nuevos movimientos están abriendo brecha en los muros de
la indiferencia y la increencia; gracias a esa espiritualidad, la opción
por los pobres se ha mantenido sin ser devorada por la demagogia ni
convertirse en una aliada de la violencia. Este Papa es sobre todo un
santo. Es un hombre de Dios. Es un creyente. Es auténtico. Por
eso le queremos los católicos y le respetan incluso sus adversarios.
Ese es su principal legado y eso es lo que habrá que buscar,
ante todo, en el que tenga la difícil tarea de sucederle.
Juan Pablo II es el líder con mayor autoridad
moral
GUSTAVO VILLAPALOS, ex Rector de la Universidad Complutense. Presidente
de la Fundación Universitaria Española.
La Razón, 16/10/2003
De Lord Byron decía Goethe que reunía la característica
esencial del genio: "No es el pasado ni el futuro; es el presente".
Según el escritor de Frankfurt, en efecto, George Gordon había
acertado a encarnar el conjunto de características denotativas
de su tiempo, y eso le hacía genial.
Existen personalidades históricas, sin embargo, cuyo aliento
supera el presentismo, e invierten la relación entre el hombre
y el tiempo. Porque cuando la historia recuerde el siglo XX y rememore
la cultura de la muerte que se instaló en la conciencia de los
seres humanos durante decenios, tendrá que evocar también
a un hombre que, en pleno último recrudecimiento de la Guerra
Fría, llevó el mensaje emancipador y solidario de Jesús
a todos los continentes; denunció el materialismo y el hedonismo,
y recordó a todos los seres humanos su grandeza. Ese hombre es
el Papa Juan Pablo II.
El Papa es "un joven de ochenta y tres años", y lo
es a pesar de cargar con la cruz desde su infancia: a los ocho años
perdió a su madre; a los doce a su hermano Edmund; a los veinte
a su padre. Como católico, seminarista y sacerdote, hubo de enfrentarse
al totalitarismo, primero al nazi, y después al stalinista. Su
vida y su testimonio cristianos se han forjado en la adversidad.
Padeció un terrible atentado, y después se ha enfrentado
a un proceso de envejecimiento acentuado por su dedicación infatigable
a la Iglesia católica, es decir, a todos nosotros. Y, sin embargo,
ha decidido seguir el ejemplo de Jesús hasta el final, y con
ello es la luz y la esperanza de cuantos sufren o padecen enfermedad
en el mundo, y ha mostrado la dignidad de la condición humana
en cualquier circunstancia.
¿Qué sostiene a este anciano? ¿Qué le convierte
en el ídolo de millones de jóvenes? ¿Por qué
motivo tantos cristianos rezamos por su salud con verdadera devoción
e intensidad? ¿Por qué Juan Pablo II ha cambiado nuestras
vidas? ¿Por qué el Papa ha cambiado el mundo? Yo creo
que la respuesta se denomina fe, y quien tiene fe tiene a Dios, y quien
tiene a Dios lo tiene todo.
En la fe y desde la fe, el Papa ha renovado la vocación de trascendencia
del cristiano, superando dudas o miedos. Ha afirmado con resolución
el papel de la mujer dentro de la Iglesia, ha desarrollado una renovada
teología del matrimonio, y ha convocado de forma constante y
coherente al compromiso social de los cristianos, y singularmente con
los más necesitados.
En la fe y desde la fe, ha llamado a la conciliación con los
universos de la cultura y de la creación, de la ciencia y de
la investigación. En la fe y desde la fe, ha propugnado un catolicismo
más abierto, más dialogante, más caritativo, más
ecuménico. En la fe y desde la fe se ha mostrado singularmente
sensible hacia los jóvenes, y al mismo tiempo exigente y confiado,
sabedor de que disfrutamos de la mejor juventud de la Historia, la más
generosa y la más preparada.
En la fe y desde la fe, nos ha convocado a la prodigiosa y cotidiana
experiencia del encuentro con Jesús en la Eucaristía.
Hacia el final de la todavía reciente y conmovedora Exhortación
Apostólica "Ecclesia in Europa", Juan Pablo II envía
al católico europeo tres mensajes que resonarán durante
mucho tiempo, y que representan el auténtico renacimiento a un
siglo XXI denotado por la nueva evangelización de un continente
viejo: "¿No temas!; ¿ten confianza!; ¿ten
seguridad!". El propio Papa añade una consideración
particular a cada una de esas afirmaciones: "El Evangelio no está
contra tí, sino en tu favor; en el Evangelio, que es Jesús,
encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras; el
Evangelio de la esperanza no defrauda".
Los cristianos, en efecto, no somos ni más ni menos que los seguidores
de Jesús. Creemos en Él, en sus Palabras de Vida Eterna.
Queremos estar con Él. Estar siempre. Y, cuando escuchamos a
Juan Pablo II, esa fidelidad se afirma. Y en esa fidelidad radica nuestra
alegría y nuestras esperanza.
En "Un hombre para la Eternidad", la gran película
de Fred Zinnemann sobre santo Tomás Moro, el brillante humanista
inglés le propone al ambicioso Robert Rich que se convierta en
maestro, y cuando éste le hace ver que nadie sabrá entonces
de su existencia, la respuesta de Moro es terminante: "Lo sabrán
tus discípulos, lo sabrás tú, y lo sabrá
Dios".
El Papa Juan Pablo II ha sido ese verdadero maestro, el maestro de la
Verdad, que necesitaba un mundo fracturado y atribulado. Eso lo sabemos
ya todos nosotros, pero sólo Dios sabe hasta qué punto.
La medida de Juan Pablo II no se confunde ya con el siglo, sino con
la Eternidad, la Eternidad que nos prometió Jesús, la
Eternidad que hemos podido presentir, casi adivinar, gracias a él.
Juan Pablo II, un Papa providencial
Editorial de La Razón, 16/10/2003
Juan Pablo II celebra hoy el 25 aniversario del comienzo de un pontificado
que ha marcado profundamente a la Iglesia y cabe calificar como providencial.
Desde el mismo momento en que fue elegido por el Cónclave, tras
la muerte prematura de Juan Pablo I, Karol Wojtyla sorprendió
dentro y fuera del Vaticano. Si ya un Papa polaco era algo ciertamente
novedoso, y el primer pontífice no italiano en 500 años,
mucho más impacto causó su talante, su empuje como renovador
de una Iglesia que pasaba por una profunda crisis, en pleno proceso
de aplicación del Concilio Vaticano II.
Juan Pablo II pasará a la historia como una de las grandes figuras
del siglo XX, como líder popular indiscutible, con un poder de
convocatoria sin posible comparación alguna en todo el mundo.
Será recordado tanto por las multitudes que congrega en torno
a su figura como por ser el Papa que vino del Este y, sin contar con
una fuerza medida en divisiones militares, fue el ariete que ayudó
a tumbar el Telón de Acero y apuntilló al comunismo en
todo el Este de Europa. Este hecho marca su trayectoria desde una óptica
política, junto a su relevante papel como líder social,
impulsor del diálogo y portavoz de la lucha por la paz y la justicia.
Fue, de hecho, el gran enemigo que se quiso abatir a tiros en la misma
Plaza de San Pedro.
Pero desde el punto de vista de la Iglesia su pontificado tiene significados
mucho más trascendentes, que inciden en el campo de la doctrina
y el diálogo ecuménico. Juan Pablo II ha aplicado sin
dudar la renovación doctrinal que supuso el Concilio. Antes de
su pontificado existían serias divergencias, confusión
en torno a lo que debía ser la puesta al día de la Iglesia
católica para el nuevo siglo, y coexistían movimientos
integristas como el de Lefebvre junto a los curas guerrilleros seguidores
de la llamada Teología de la Liberación, y otros grupos
de nuevos teólogos se distanciaban ante el silencio de la Santa
Sede. Veinticinco años después, ha logrado imponer un
magisterio basado en la fidelidad a un mensaje evangélico y una
demanda de justicia social, que quiere ser el mismo en todo el mundo.
La firmeza doctrinal, expresada como una fe sin complejos fiel al Evangelio,
entendida por los sectores más progresistas como "conservadurismo",
y como simple y pura actitud "reaccionaria" desde una izquierda
que no perdona, incide especialmente en la apertura hacia otras creencias,
hacia el diálogo con otras religiones. En toda su trayectoria
se advierte, como una gran objetivo, superar el cisma que separó
a la Iglesia Oriental y reunificar a todos los católicos.
Hoy, después de 25 años de trabajo de un Papa que sufre
y soporta el dolor con envidiable entereza, y que ha dado todos los
pasos necesarios para que la obra continúe, bien puede decirse
que el pontificado de Karol Wotjyla ha sido providencial para la Iglesia.
Un Papa servidor de Dios y de los hombres
Por FRANCISCO VARO,decano de la Facultad de Teología de la Universidad
de Navarra.
La Razón, 16/10/2003
El 16 de octubre de 1978 fue uno de esos días grandes en la historia.
A última hora de la tarde, ya anochecido, se asomaba al balcón
principal de la Basílica Vaticana para presentarse al pueblo
romano Karol Wojtyla, un joven cardenal polaco. Aquel día los
pronósticos de los "vaticanistas" también fallaron.
Mucho se había escrito y conjeturado sobre quiénes lograrían
imponerse en el Cónclave, si los purpurados del ala "tradicional"
o los que se esperaba que emprendieran reformas de calado en la línea
de lo que se denominaba "espíritu del Concilio Vaticano
II". Pero el misterio de la Iglesia y la acción del Espíritu
Santo no se dejan encasillar fácilmente en esquemas políticos
ni de luchas por el poder, que son ajenos a su realidad más profunda.
El cardenal de Cracovia no respondía a ningún perfil convencional
y desde el comienzo de su pontificado asumió una actitud innovadora
y valiente. La pronta decisión de salir al encuentro de la gente
con viajes pastorales por todo el mundo constituyó una lección
magistral de gobierno. No han faltado voces críticas acerca de
la oportunidad o el valor de estos viajes, pero hay una realidad sociológica
indiscutible: ni deportistas, ni músicos, ni artistas, ni políticos,
ni nadie más que él, ha logrado reunir jamás a
mayores multitudes, procedentes de los ámbitos culturales y sociales
más variados.
¿Cómo y por qué lo ha conseguido una y otra vez?
Se podría aducir su inteligencia preclara, fuerte espiritualidad,
alegría y buen humor, junto con su capacidad para expresar su
pensamiento con sencillez y energía, en muchas lenguas. Durante
años tuvo un talante deportivo, y en los últimos tiempos,
un tesón y energía espiritual que no se atenúan
ni siquiera en los momentos de notoria debilidad física. Son
rasgos de una personalidad impresionante que suscita admiración,
pero que no bastan por sí solos para explicar su extraordinario
atractivo.
Fe, valentía, prudencia, cercanía y afecto a todos
Karol Wojtyla asumió el timón de la nave Pedro en un tiempo
de cambios culturales, de sucederse de usos, modas, opiniones y estilos
de vida. En un mundo donde abundan las convicciones de usar y tirar,
sólo merecen verdadero interés aquellos que, con un pensamiento
sólido y audaz, llenos de energía interior, se han negado
a dejarse arrastrar por las corrientes imperantes en cada momento. Y
aún más, los que, además de no plegarse a lo fácil,
se empeñaron en abrir caminos alternativos para ejercitar la
libertad con coherencia y sacar a flote las energías que toda
mujer y todo hombre tienen en su interior. A esta raza de hombres excepcionales
pertenece Juan Pablo II.
Al cabo de un cuarto de siglo, su figura sigue resistiéndose
a todo encuadramiento simplista. Un observador superficial podría
considerar que hay incoherencias en Juan Pablo II. "Un Papa progresista
en lo social pero conservador en lo sexual y lo doctrinal", se
ha dicho algunas veces con notoria frivolidad. Pero todo intento de
encerrar su pontificado en moldes de izquierdas o derechas, integrismo
o progresismo, es jugar con las etiquetas sin contemplar la realidad.
Creíble por su coherencia
En su trabajo como Romano Pontífice ha dado muestras de fe recia,
valentía, prudencia, cercanía y afecto a todos, y especialmente
a las víctimas de la violencia y el abandono, a los pobres, a
los enfermos y a los necesitados. Quizá nadie haya defendido
los derechos humanos y las libertades de los pueblos con más
entereza y coherencia que Juan Pablo II. Es conocida su opción
por los pobres y su empeño por una liberación integral
de todo tipo de explotación o imposición injusta. Su magisterio
en cuestiones morales, tan iluminador, está firmemente arraigado
en la certeza de que las realidades esenciales de la vida humana sólo
encuentran su último fundamento en Cristo, que es el mismo ayer,
hoy y siempre. Sus enseñanzas doctrinales, a veces sobre temas
difíciles y controvertidos, son actos de servicio a la humanidad,
valiosas aportaciones intelectuales a la luz de la fe, que sirven como
puntos de referencia para formular juicios según la verdad en
medio del temporal ideológico que zarandea un día tras
otro las convicciones de tantas personas.
Ha tomado decisiones ampliamente alabadas y compartidas desde posiciones
políticas y religiosas muy diversas, junto con otras muy contestadas,
que requerían temple y coraje a sabiendas de que iban a ser blanco
de críticas acerbas. Pero en ningún caso las presiones
de los poderes fácticos, ni las corrientes contrarias de opinión,
por impetuosas que fuesen, lo han obligado a plegarse a sus exigencias.
Cualquier espectador desapasionado constata que, si en las últimas
décadas alguien en el mundo ha demostrado su imparcialidad para
buscar la justicia en todo tipo de conflictos, atento sólo a
la defensa de los derechos humanos, ése es Juan Pablo II. Con
motivo de la reciente guerra de Iraq, por ejemplo, muchas personas y
colectivos clamaron por la paz, y también el Papa con una fuerza
inconmovible. La preocupación de Juan Pablo II por los males
derivados de ésa y de todas las guerras no obedece a estrategias
políticas ni a puro sentimentalismo, sino que viene exigido por
la justicia y el respeto a la dignidad humana. Cuando Juan Pablo II
condena la guerra y clama por la paz, es máximamente creíble
porque es máximamente coherente con la verdad. Sus declaraciones
nunca son ejercicio de oportunismo, sino reflexiones arraigadas en el
mensaje del Evangelio. El que ante la guerra, el terrorismo o toda clase
de violencia exige el respeto debido a la vida humana de cada una de
las personas, es el mismo que alza su voz por la vida de todo ser humano
desde el primer instante de su ser, y condena con energía el
aborto.
Cuando Juan Pablo II ha pedido una y otra vez, y con especial insistencia
en los últimos meses, que el proyecto de Constitución
Europea reconozca explícitamente las "raíces cristianas",
sabe que se trata de un deseo que no es bien recibido por algunos. Insiste
porque es consciente de que esa mención constituye una garantía
de futuro para que la persona humana y sus derechos inviolables e inalienables
ocupen establemente en Europa el lugar primordial que les corresponde.
Cada ser humano, en lo más hondo de su intimidad, oye una llamada
que lo invita a buscar la senda de la felicidad plena y sin fin. Escuchando
a Juan Pablo II hablar de Jesucristo que vive y actúa en la Iglesia,
muchos millones de personas han percibido una voz que sintoniza con
lo más valioso que llevan dentro de sí, han descubierto
al único que por encima del bullicio de las modas, las opiniones
o las opciones políticas sabe lo que hay dentro del corazón
y quita el miedo a abrirlo. Se han encontrado con Jesús. Ha resonado
en ellos la voz de la verdad. Tal vez esté aquí el motivo,
y no sólo en sus extraordinarias cualidades humanas, de que,
incluso ante los que se manifiestan más reticentes frente a su
figura y enseñanza, se imponga por los hechos que Juan Pablo
II es todo un personaje: el referente ético más universalmente
reconocido en los últimos veinticinco años, líder
espiritual del mundo, voz de la conciencia moral de la humanidad.
Un cuarto de siglo
Editorial de La Vanguardia, 16/10/2003
SERÍA pretencioso por nuestra parte -y materialmente imposible-
intentar resumir en unas pocas líneas la opinión sobre
la figura del Papa Juan Pablo II a la luz de los 25 años transcurridos
desde que, tal día como hoy, fuera elevado por el cónclave
cardenalicio a la suprema magistratura de la Iglesia católica.
Su propio nombramiento estuvo rodeado de circunstancias históricas,
como el hecho de que fuera el primer Papa procedente de la Europa del
Este o de que se convirtiera en el primer Pontífice no romano
-o no italiano, en el sentido moderno del término- en más
de cuatro siglos. Es asimismo digno de destacar que, debido al efímero
papado de Albino Luciani (Juan Pablo I), 1978 fue el único año
de la edad contemporánea en el que la Iglesia fue encabezada
sucesivamente por tres Papas, los dos ya citados y su antecesor, Paulo
VI.
Otra precisión es asimismo obligada. La valoración espiritual
del pontificado de Juan Pablo II no puede desligarse de las convicciones
religiosas individuales o colectivas. No es ni puede ser igual el análisis
efectuado desde la praxis católica -que, indudablemente, es el
más autorizado- que el que se sustenta en un genérico
humanismo cristiano ni, por supuesto, del que puede hacerse desde otras
religiones o incluso desde el agnosticismo. La Iglesia no es una especie
de club o asociación "a la carta", sino la congregación
de los fieles cristianos regida por el Papa como vicario de Cristo en
la tierra.
En cualquier caso, la faceta terrenal o humanística del pontificado
de Karol Wojtyla es tan trascendental que nadie, creyente o no creyente,
judío o gentil, ortodoxo o mahometano, puede en conciencia ignorarla.
No es sólo su decisiva contribución al desmoronamiento
del comunismo soviético que se inicia a partir de su peregrinación
a su Polonia natal en junio de 1979, ni sus -hasta la fecha- 101 restantes
viajes a más de 130 países y territorios de los cinco
continentes, ni incluso su extraordinaria entereza ante el atentado
criminal que pudo costarle la vida en mayo de 1981, ante el tumor cancerígeno
que le fue extirpado en julio de 1992 o ante los evidentes síntomas
de la enfermedad de Parkinson que empiezan a manifestársele hace
más de una década.
Y es que está la voz, está el testimonio. Un testimonio
alto y claro, sin tapujos ni medias tintas, capaz de denunciar los excesos
del sandinismo en Nicaragua o la falta de libertades en Cuba, al tiempo
que pedía el levantamiento del embargo estadounidense sobre esa
isla del Caribe o condenaba sin ambages la reciente intervención
anglo-norteamericana en Iraq.
George Weigel, biógrafo del Papa, no anda desencaminado cuando
expresa su esperanza en que la historia recuerde a Juan Pablo II como
el gran testigo cristiano de nuestro tiempo. Como es lógico,
un Papado tan dilatado puede arrojar luces y sombras, pero nadie puede
negar a Karol Wojtyla la coherencia en el mensaje, la convicción
en la defensa de los valores del Evangelio y, faceta nada desdeñable,
un extraordinario poder de convocatoria que ha trascendido edades, países
y coyunturas políticas. Se calcula que hay en el mundo unos mil
millones de católicos, de los que una elevada proporción
ha acudido a algún acto presidido por Juan Pablo II.
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