
Los 25 hitos del cuarto Pontífice más longevo de la Historia
Un cuarto de siglo en el que se ha renovado la Iglesia
En 25 años de pontíficado, Juan Pablo II ha vivido momentos
de lo más variopinto. Algunos duros; otros reconfortantes, pero
casi todos inolvidables. Aquí presentamos una cronología
de los 25 hechos más importantes de la vida de Karol Wojtyla
como Vicario de Cristo en la Tierra.
No son pocos los que consideran que el pontificado de Juan Pablo II
se sitúa entre los cinco más fructíferos de la
historia de la Iglesia, comparable al de San Pedro y San Gregorio Magno.
He aquí los 25 eventos que explican la grandeza de su mandato.
Elección de un Papa eslavo (1978)
Tras la repentina muerte de Juan Pablo I el 22 de octubrre de 1978,
Karol Wojtyla, el cardenal de Cracovia, se convertía en el nuevo
Sucesor del Primado de Pedro. Por primera vez en más de 400 años,
el Santo Padre venía de fuera de Italia. Polonia había
sido tierra de dolor y muerte durante la II Guerra Mundial. Se abría
una nueva etapa para la Iglesia Universal.
El abrazo de Wiszynsky (1978)
En un bello y significativo gesto, el nuevo Papa abrazó cariñosamente
al cardenal Primado de Polonia, Stefan Wiszynsky. El purpurado había
sido su superior en el seminario clandestino donde estudió el
Pontífice. Arrodillado ante su antiguo subordinado, Wiszynsky
le susurró proféticamente al oído: "Llevarás
a la Iglesia al Tercer Milenio".
México, su primer viaje (1979)
Si por algo se ha distinguido el papado de Juan Pablo II ha sido por
su intensa misión evangélica, llevando por todo el mundo
el mensaje de Cristo. El primer viaje fuera de Italia le llevó
a México, el país del mundo con mayor número de
católicos. En pleno auge de la "Teología de la liberación",
el Papa quiso mostrar a la nación azteca el verdadero camino
de Jesús de Nazaret.
"Redemptor Hominis" (1979)
La primera de sus 14 encíclicas, "Redemptor Hominis",
fue publicada por el Sumo Pontífice el 4 de marzo del 79. Suponía
la primera palabra de un discurso nuevo y revolucionario que volvería
a dar a la Iglesia la autoridad moral que se había debilitado
en las últimas décadas.
El primer consistorio (1979)
Siguiendo las normas de Pablo VI, Juan Pablo II impuso el birrete púrpura
a los primeros cardenales de su pontificado. Fue el 30 de junio, y su
celebración sentaba las bases que adoptarían los ocho
siguientes. Sin embargo, el Santo Padre aún se mantenía
fiel a la normativa que establecía un máximo de 120 cardenales
electores, y que en los consistorios de 2001 y 2003 elevaría
hasta más de 130.
Próxima parada: EE UU (1979)
Después de recorrer parte de Centro América, Juan Pablo
II comenzó su visita por los países de habla inglesa.
Irlanda y EE UU fueron los destinos de su viaje, y la plataforma que
le lanzó a lo más relevante del panorama internacional
gracias a su intervención en la sede de Naciones Unidas en Nueva
York.
Discurso ante la ONU (1979)
El 2 de octubre de 1979, el Sucesor de Pedro lanzó un contundente
mensaje de Paz en uno de los foros internacionales más importantes
del momento. La sede de la ONU fue testigo de su petición para
terminar con la carrera armamentística y en la que repitió
las palabras que ya pronunció allí el Pontífice
Pablo VI: "¿No más guerra, no más guerra!".
Atentado en San Pedro (1981)
En medio de la multitud que abarrotaba la plaza de San Pedro y ante
la estupefacta mirada de miles de fieles que esperaban para celebrar
la festividad de Nuestra Señora de Fátima, un disparo
heló el corazón de la Iglesia universal. El turco Alí
Agca había atentado contra el Santo Padre, hiriéndole
gravemente en el vientre, el codo derecho y el dedo índice. Al
borde de la muerte, Juan Pablo II fue operado de urgencia durante más
de 5 horas, y perdió tres cuartas partes de su sangre.
Fátima, Señora de la Vida (1982)
Después de reconocer públicamente su honda devoción
por María y de asegurar que fue la Virgen de Fátima el
día de su festividad quien le salvó la vida en el atentado
de Agca, Juan Pablo II realiza una visita de tres días a Portugal.
Allí se postra ante la imagen mariana, engarza la bala que traspasó
su cuerpo en la corona de la Virgen y consagra el mundo y su pontíficado
al Inmaculado Corazón de María.
Kolbe, canonizado (1982)
En octubre de 1982, el primer Papa polaco canoniza a uno de los santos
más famosos y con mayor número de devotos de Polonia.
San Maximiliano María Kolbe es elevado a los altares como nuevo
santo y mártir de la Iglesia. El padre Kolbe ofreció su
vida por la de otro preso en el temible campo de concentración
nazi de Auschwitz. El hombre que logró salvarse por la mediación
del religioso acudió a la ceremonia de canonización en
Roma, acompañado por toda su familia.
España, una madre espiritual (1982)
La primera visita de Juan Pablo II a nuestro país fue el 31 de
octubre de 1982. La finalidad del viaje es la clausura del IV Centenario
de la muerte de Santa Teresa de Ávila. Sin embargo, el Pontífice
se queda 10 días en nuestro país, donde recorre numerosas
ciudades y es recibido con gran cariño por millones de personas.
Tras orar ante la Virgen del Pilar, el Santo Padre afirmó que
España se trataba de su "madre espiritual".
El perdón a Alí Agca (1982)
El 27 de diciembre, Juan Pablo II visitó en la cárcel
romana de Rebibba a Ahmet Alí Agca, el terrorista turco que a
punto estuvo de acabar con su vida. Karol Wojtyla demostraba que, más
allá de su cargo, había una persona que deseaba perdonar
por verdadero amor a Cristo y a sus hermanos. De hecho, a la semana
del atentado y aún en el hospital, el Papa declaró en
público que perdonaba al terrorista. Tras la visita, el Vicario
de Cristo comenzó una lucha por conseguir el indulto del preso,
que concluyó con su excarcelación en el año 2000.
La mano oculta del KGB soviético se ocultaba tras el atentado
terrorista.
Visita a la sinagoga de Roma (1986)
Una de las ideas que insistentemente ha reiterado Juan Pablo II en estos
25 años, refiriéndose a los "hermanos separados",
es que "son más los elementos que nos unen que los que nos
separan". En coherencia con este pensamiento, Juan Pablo II ha
sido el primer Pontífice de la historia en visitar una sinagoga
judía como lo hizo el 13 de abril de 1986 y una mezquita como
ocurrió en Damasco (Siria) en mayo de 2001.
Santiago de los jóvenes (1989)
"¿Yo creo en la juventud!", ha repetido Juan Pablo
II en infinidad de ocasiones. Ya lo puso de relieve cuando apenas se
había cumplido un mes del inicio de su pontificado: "El
Papa quiere a todos, pero siente especial predilección por los
jóvenes". El Domingo de Ramos de 1984 comenzó en
Roma una tradición: la de las Jornadas Mundiales de la Juventud.
Cinco años después, en Santiago de Compostela, se congregaron
medio millón de ellos.
Gorbachov en el Vaticano (1989)
Algo se resquebrajaba irremisiblemente en el temido bloque comunista
cuando, en diciembre, se produjo el histórico encuentro en los
palacios vaticanos entre el líder soviético Mijail Gorbachov
y Juan Pablo II. Tras 80 minutos de reunión un tiempo inusitádamente
prolongado para el Papa, el dirigente comunista confesó: "Acaba
de producirse un acontecimiento extraordinario".
Luchando por la paz en Iraq (1991)
El fantasma de la guerra volvía a planear sobre el mundo tras
la invasión por parte de Iraq del endeble aunque opulento emirato
de Kuwait. Juan Pablo II tomó rápidamente cartas en el
asunto como volvería a hacer este año para mantener la
paz, e intercambió numerosas misivas con George Bush y Sadam
Husein. Aunque no logró su objetivo, la figura de Juan Pablo
II como paladín de la paz se afianzó aún más.
Un nuevo catecismo (1992)
Juan Pablo II estaba dispuesto a una reforma total de la Iglesia. Y
no dudó incluso en dar un lavado de cara al catecismo, "el
fruto más maduro y completo de la enseñanza conciliar".
El compendio de verdades de fe se convirtió en un "best
seller" en todo el mundo.
"Hombre del año" (1994)
La influyente revista estadounidense "Time" recogía
en la portada de su número del 18 de diciembre una gran foto
de Juan Pablo II. La publicación reconocía al Santo Padre
como "Hombre del año" por sus innumerables esfuerzos
por la paz.
Por la democracia en Cuba (1998)
Cada vez eran menos los países que se oponían a una visita
papal. Cuba, uno de los últimos feudos del comunismo mundial,
recibía enfervorizada al Santo Padre. "Que Cuba se abra
al mundo, y que el mundo se abra a Cuba", exhortó Juan Pablo
II ante Fidel Castro.
El Congreso de Movimientos (1998)
Los nuevos movimientos de apostolado, uno de los frutos más maduros
del Vaticano II, han tomado una posición cada vez más
relevante en el seno de la Iglesia. Juan Pablo II ha sabido verlos como
un regalo de Dios para la Iglesia del tercer milenio, y los congregó
en la plaza de San Pedro del Vaticano en mayo de 1998. Un millón
de personas según algunos, la congregación más
numerosa hasta ese momento en Roma tomaron la explanada vaticana en
una jornada de oración.
La Iglesia pide perdón (1999)
Juan Pablo II quería que la Iglesia entrara en el tercer milenio
libre de ataduras. Por eso pidió perdón por los pecados
"que afean el rostro de la Iglesia", un gesto que provocó
un cierto rechazo en algunos católicos. Sin embargo, el Papa
estaba convencido de que "la Iglesia no puede cruzar el umbral
del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse a través
del arrepentimiento por los errores pasados".
Mensajero de Cristo en Israel (2000)
La atención mundial se volvió a centrar en la figura,
cada vez más doliente y menguada, de Juan Pablo II, cuando éste
llegó en peregrinación a Tierra Santa. El Santo Padre
visitó, en su 91° viaje pastoral fuera de Italia, los santos
lugares que recorrió Jesucristo: Belén, Nazaret y Cafarnaun.
Celebró una misa en el monte de las Bienaventuranzas, otra en
la basílica de la Anunciación y realizó una visita
privada al huerto de Getsemaní.
San Josemaría Escrivá (2002)
Uno de los santos españoles más influyentes del siglo
XX, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei,
alcanzaba la gloria de los altares el 6 de octubre. Más de 300.000
personas venidas de todos los rincones del orbe acudieron a la ceremonia
que se celebró en Roma.
"España, Tierra de María" (2003)
¿Sigue España siendo católica? A tenor de las cifras
negativas referidas a la Iglesia, proliferaron los escépticos
ante la visita que Juan Pablo II realizó a nuestro país
entre el 3 y el 4 de mayo. Sin embargo, cerca de un millón de
jóvenes abarrotaron el aeródromo de Cuatro Vientos y la
plaza de Colón de Madrid.
El hombre que derrotó al comunismo
"No tengáis miedo", el mensaje de Juan Pablo II en
su primer viaje a Polonia, prendió la mecha que cambió
el mundo
La fumata blanca surgió diez minutos antes de las seis de la
tarde del 16 de octubre, hoy hace 25 años. El cardenal Felici
anuncia la buena nueva: "Habemus Papam: cardinalem Karolum Wojtyla".
El primer Papa no italiano en más de cuatro siglos procede de
Europa del Este, donde el comunismo lleva varias décadas sometiendo
a pueblos bajo un régimen de ferocidad desconocida. Esa misma
tarde, Enrico Berlinguer, secretario general del Partido Comunista italiano,
exclama: "Era lo peor que nos podía pasar". El viejo
zorro se percata de las consecuencias que va a acarrear la elección
de Juan Pablo II, un hombre que ya de niño solía guardar
unos momentos después de la misa para rezar por la conversión
de Rusia.
No fue el humo de una fumata escribió Frossard, sino el de un
cañonazo que iba a remover la historia y a cuartear las ideologías
que dividían al mundo. De la Polonia católica, llega a
Roma un cardenal de 58 años que ha sobrevivido a las dos tiranías
más salvajes del siglo XX. El joven Wojtyla salva la vida durante
la ocupación nazi como picapedrero en una cantera cerca de Cracovia.
Después, como sacerdote en un régimen totalitario que
persigue la fe, combate la religión y pretende robar el alma
a los polacos, tiene tiempo para comprender la dinámica del marxismo
tanto intelectual como personalmente. Conoce el nuevo Papa tan bien
el comunismo que algunos teólogos izquierdistas llegan a confundir
en un principio su familiaridad con la ideología de Marx con
una simpatía que podría enriquecer el diálogo entre
el cristianismo y el comunismo. Están equivocados.
Sólo unos meses después, Juan Pablo II viaja a su Polonia
natal con un mensaje: "No tengáis miedo". Millones
de polacos se echan a la calle. Walesa y los obreros de Gdanks ya no
están solos. El movimiento de "Solidaridad" comienza
a gestarse y toma impulso. "Las gentes se vieron juntas como una
masa enorme y nos dimos cuenta de que éramos capaces de organizarnos
solos", recordaría años después Mazowiescki,
convertido ya en el primer dirigente polaco no comunista desde la II
Guerra Mundial. En Moscú, una camarilla de ancianos estalinistas
asiste incrédula a tal demostración de audacia. Lituanos
y ucranianos, húngaros y checoslovacos, captan el mensaje del
nuevo Papa. Juan Pablo II ha prendido la mecha que terminará
por cambiar el mundo tal y como se conoce hasta entonces. "Si los
acontecimientos del Este tienen un punto de partida, no es tanto la
perestroika como la visita del Papa a Polonia en junio de 1979",
escribiría después Guy Sorman.
El Papa polaco irrumpe en mundo dividido en bloques, donde todo se da
por supuesto desde que en 1945 Stalin embaucara a un Roosevelt enfermo
que se precipitaba hacia la agonía. A una lado, las democracias
liberales con su economía de mercado. Al otro, el bloque soviético
y socialismo real impuesto por los tanques, aún en expansión
por Asia e Iberoamérica. Es la Guerra Fría, la del miedo
a desencadenar el apocalipsis nuclear en un tablero donde cada nación
tiene asignado un papel. Juan Pablo II, que ha sufrido en sus carnes
la tiranía nazi primero y la "liberación" del
Ejército Rojo después, irrumpe en ese "statu quo"
que nadie se atreve a cuestionar con la fortaleza que le otorga su fe
en el mensaje de Jesús: "La verdad os hará libres".
El cristianismo, explica Juan Pablo II a Vittorio Messori, no es solamente
una religión del conocimiento, de la contemplación. "Es
dice una religión de la acción de Dios y de la acción
del hombre". El primer Papa eslavo transmite esa capacidad transformadora
de la fe con singular convicción, con una vitalidad y una sencillez
que agrieta muros que hasta entonces nadie había imaginado derribar.
"Nadie tiene derecho a expulsar a Jesucristo de la historia",
proclama. Y la media Europa condenada a vivir bajo regímenes
que persiguen el Evangelio empiezan a sentir que la historia juega ahora
a su favor.
¿Yalta por los aires! Juan Pablo II se gana las iras de Moscú.
Las terminales del comunismo en los países libres se ponen manos
a la obra para intentar desacreditar al Vicario de Cristo en la Tierra:
¿es un reaccionario! ¿un enemigo de la distensión
entre el Este y el Oeste!, gritan.
La esperanza de "Solidaridad"
Un año después de su primer viaje a Polonia, "Solidaridad"
se ha convertido en la esperanza no sólo de una nación.
La Europa sometida por la bota de Moscú sigue con expectación
el desafío pacífico de la primera revolución obrera
en el paraíso del proletariado, donde los trabajadores comulgan
todas las mañanas antes de ocupar sus puestos en la huelga y
donde todos reconocen que su fuerza brota de la fe. En las verjas de
los astilleros, retratos de Juan Pablo II e imágenes de la Virgen
de Czestochowa. "Si se pone mucha atención, se puede sentir
cómo late el corazón de la nación en el corazón
de la Madre", había explicado el Papa a sus compatriotas
en el primer viaje como Pontífice a la colina de Jasna Gora (Montaña
clara) donde se encuentra el icono de la patrona de Polonia.
El 31 de agosto de 1980 las televisiones de todo el mundo ofrecen la
misma imagen: la firma de los acuerdos de Gdanks, que convierten a "Solidaridad"
en el primer sindicato libre tras el telón de acero. El imperio
comunista contempla la primera grieta en el muro... "La enseñanza
social de la Iglesia constituye la base sin la cual nada de esto sería
posible, ni siquiera imaginable. Sin esta sólida base, la explosiva
situación que prevalecía en Polonia habría degenerado
en incontrolables conflictos", recuerda Walesa en sus memorias.
La reacción no se hace esperar. 13 de mayo de 1981. Espléndida
tarde de primavera en Roma. Veinte mil peregrinos de los cinco continentes
asisten en la Plaza de San Pedro a la audiencia general de los miércoles.
Un joven, mal afeitado, de tez oscura, traje gris y camisa blanca se
abre paso entre la muchedumbre. Busca situarse cerca de la trayectoria
que seguirá el "Toyota" blanco con el escudo pontificio
que hace unos segundos salió a la plaza por el Arco de las Campanas.
El Papa viaja de pie en la parte trasera del descapotable. Le acompañan
su secretario, Stanislav Dziwisz, y su ayudante personal, Angelo Gugel.
El coche avanza muy despacio. Los fieles se abalanzan para estrechar
la mano al Santo Padre. Una mujer le tiende una niña rubia, Juan
Pablo II la coge en brazos, la da un beso y la devuelve a su madre.
El hombre del traje gris ha conseguido situarse a sólo cinco
metros de la barrera. Ha visto la escena. Sus ojos oscuros apenas parpadean,
no dejan de seguir la figura del Papa. En su bolsillo empuña
una "Browning" de mortífera eficacia. Juan Pablo II
acaricia a otro niño, hace la señal de la cruz en su frente,
y vuelve a incorporarse. Ha llegado el momento. Pasan 19 minutos de
las cinco de la tarde. Suenan dos disparos. Todas las palomas del Vaticano
alzan el vuelo.
Juan Pablo II cae sobre su secretario. En su rostro se refleja un intenso
dolor. El desconcierto es total. Guardias suizos de paisano suben al
coche. El conductor acelera para regresar al interior del Vaticano lo
antes posible, de nuevo por el Arco de las Campanas. La faja del Papa
se tiñe de rojo. El autor de los disparos huye abriéndose
paso a codazos.
Una ambulancia traslada al herido a la clínica Gemelli. Juan
Pablo II no deja de rezar un solo instante. Ingresa en el quirófano
en estado muy grave. "Yo sé que disparé bien, miré
perfectamente. Sé que el proyectil era devastador y mortal...
¿Por qué entonces usted no ha muerto?". Dos años
después, cuando el Papa acudió a la cárcel para
perdonar a Alí Agca, éste le reconocería que aquella
tarde nunca dudó de que había conseguido su objetivo.
El virus polaco
Juan Pablo II salva la vida. Y a esa suerte se suman otras, como la
irrupción en la escena internacional de otra figura que iba a
convertirse en aliado del Papa para jugar un papel clave en los acontecimientos
que habrían de sucederse. Ronald Reagan llega en enero de 1981
a la Casa Blanca compartiendo dos cosas con Juan Pablo II. Una: el argumento
a favor de la libertad es un argumento moral, además de político
y económico. Dos: en ningún lugar estaba escrito que media
Europa tuviera que estar condenada a vivir bajo el comunismo. Ni Juan
Pablo II ni Reagan se resignan al fatalismo de tener que considerar
esa tiranía como inmutable y trabajan conjuntamente hasta su
colapso definitivo, simbolizada en la caída del Muro de Berlín
en 1989.
Apenas cuatro meses antes del atentado, Juan Pablo II había recibido
a Walesa por primera vez en el Vaticano. El Papa no habló sólo
para los polacos: "El esfuerzo de aquellas semanas de otoño,
aquel inmenso esfuerzo que debe proseguir, no ha sido dirigido contra
nadie. No se vuelve contra, se orienta hacia: hacia el bien común",
dijo. Y añadió: "Este derecho que de hecho es un
deber, el de acometer semejante esfuerzo, pertenece a cada pueblo, a
cada país. Es un derecho reconocido y confirmado por el código
de vida de las naciones".
El virus polaco está inoculado en el resto de los países
de Europa del Este. Ya no hay vuelta atrás. Lo que entra en crisis
es la legitimidad de los regímenes impuestos por los tanques
del Ejército Rojo. Son años en los que todavía
una gran mayoría de la clase intelectual en Occidente mantiene
una ceguera voluntaria sobre los crímenes del sistema soviético,
a los que se considera, en palabras de Sartre, "la enfermedad infantil
de una nueva historia, el camino suplementario que la humanidad debe
recorrer para acceder un día al humanismo".
Juan Pablo II conoce la debilidad que deja al comunismo sin futuro:
"Los jóvenes ya no le siguen", reconoce en 1985, año
en el que un tercer personaje entra en liza: Mijail Gorbachov. Llega
para reformar el sistema soviético algo que era inviable, como
se demostraría después pero la historia le guarda hoy
un lugar privilegiado por ser el hombre que renunció al uso de
la fuerza para evitar que el imperio levantado por Stalin se viniera
abajo. Visto el comportamiento de sus predecesores en Hungría
(1956) y Checoslovaquia (1968), el mérito de Gorbachov no es
poco. La transición pacífica del yugo soviético
a la democracia en Polonia duró diez años; en Hungría
diez meses; en Alemania diez semanas, y en Checoslovaquia, apenas diez
días.
"¿Cuántas divisiones tiene el Papa?", preguntó
una vez Stalin para ridiculizar el poder del Vaticano. Diez años
de Pontificado habían bastado a Juan Pablo II para responder:
él tenía la fe en el mensaje del hijo del carpintero,
una fuerza que empleada con audacia había transformado el mundo
sin necesidad de movilizar un solo tanque. "Hoy podemos decir que
todo lo que ha ocurrido en Europa Oriental no habría sucedido
sin la presencia de este Papa", reconocería años
después el último presidente de la URSS.
El último gran secreto de Roma
El 13 de mayo de 1981 dos extremistas turcos dispararon contra Juan
Pablo II en la plaza de San Pedro
EDUARDO MARTÍN DE POZUELO
La Vanguardia, 15/10/2003
Más de una vez ha relacionado los dos momentos más importantes
de su vida, el del nacimiento y el de la elección papal, con
la Providencia divina y el cuidado maternal de María. En una
ocasión comentó que, de su elección como Papa "hubo,
en realidad, sólo dos aniversarios; los siguientes han sido un
regalo".
Se refería a haber sobrevivido milagrosamente al atentado del
13 de mayo de 1981. En octubre de aquel año, siguiendo su costumbre
de reflexionar sobre la historia y el tiempo, Juan Pablo II hacía
notar que "el incidente de la Plaza de San Pedro tuvo lugar en
el mismo día y a la misma hora de la primera aparición
de la madre de Cristo a unos pobres pastorcillos". Y a la Virgen
de Fátima agradece haber salvado su vida, que parecía
definitivamente perdida a causa de una bala que hoy se encuentra semiescondida,
en el interior de la corona de la imagen blanca de la Capelinha.
Cuando a las 17.17 horas del 13 de mayo de 1981 el ultraderechista
turco Mehmed Ali Agca disparó contra el Papa, abrió la
puerta a un laberinto de intrigas que nadie ha logrado esclarecer. Dos
procesos en Italia, las investigaciones de los servicios secretos de
media Europa y Estados Unidos y la supuesta apertura, tras la caída
del telón de acero, de los archivos del KGB y de la inteligencia
búlgara no han conseguido iluminar el asunto. Un caso que Robert
M. Gates -con 27 años de experiecia en la CIA, a la que dirigió
entre 1991 y 1993- calificó como el "último gran
secreto de nuestro tiempo".
Aquel miércoles, Karol Wojtyla almorzó con Jèrôme
Lejeune, un prestigioso médico francés antiabortista que
colaboraba con el Pontífice en la planificación familiar
por métodos naturales. A las cinco de la tarde, Juan Pablo II
salió del palacio Apostólico a bordo del "papamóvil"
descubierto, para su tradicional audiencia general semanal en la plaza
de San Pedro. Unas 30.000 personas se agolpaban para ver al Papa en
la gran plaza vaticana sobre la cual, marcado con unas vallas de madera,
era visible el recorrido que haría en vehículo especial.
Confundidos entre los presentes y apostados cerca de la fuente Compagnola
Bianca -en el lado derecho de la plaza-, dos hombres, armados de sendas
pistolas y una granada, esperaban la ocasión de matar a Juan
Pablo II.
Aquel miércoles por la mañana, Mehmet Ali Agca y Oral
Celik, integrantes de la organización turca ultranacionalista
de extrema derecha Lobos Grises, aparcaron el Ford Taunus, alquilado
días atrás en Munich, en Via Porta Angelica, junto al
Vaticano, y se alejaron de la zona en taxi. Desayunaron en la plaza
Barberini, pasearon por la ciudad y hacia las tres de la tarde recogieron
dos pistolas y una granada que habían dejado en una bolsa en
la pensión Isa, en Via Cicerone. Luego, a pie, se dirigieron
por Via de la Conciliazione hacia la plaza de San Pedro, mezclados entre
una multitud que subía por la misma avenida, en busca de buenos
lugares que les permitieran ver de cerca al Papa.
Agca, vestido con pantalón gris y camisa blanca, se colocó
junto a una monja que esperaba impaciente, en una tercera fila. No estaba
lejos del lugar donde habían aparcado el coche. Celik, con vaqueros
y cazadora de piel, se situó a unos 25 metros de su cómplice.
Su plan era sencillo: cuando el Papa llegara a su altura, Agca le dispararía
con la Browning automática de 9 mm y Celik le secundaría
con su Beretta de 7,65 mm. Entonces Celik lanzaría la granada
y aprovechando la confusión huirían a la carrera hacia
el Ford Taunus.
El "papamóvil" avanzaba lentamente entre el entusiasmo
general. Juan Pablo II saludaba y estrechaba las manos de los más
próximos. Una mujer levantó a su hija hacia el Santo Padre.
Juan Pablo II la tomó entre sus brazos, la besó y la devolvió
a su madre. Centenares de flashes alumbraron la escena. A menos de seis
metros, una pistola se alzó sobre la muchedumbre, apuntó
hacia el Papa y disparó dos o tres veces, la segunda vez probablemente
al mismo tiempo que disparaba Oral Celik. Las palomas levantaron el
vuelo por el estruendo, el Papa se reclinó herido y la gente
gritó: ¡Han disparado contra el Papa! ¡Han matado
al Papa! Otras dos personas cayeron asimismo heridas.
La monja vio cómo el hombre que tenía a su lado levantaba
la mano con un arma. Sorprendida, trató de impedirlo y se colgó
literalmente del brazo de Agca. La pistola cayó al suelo. Celik
no lanzó la granada. El plan estaba fallando, al menos en la
parte que correspondía a la huida. Agca quiso correr. La monja,
sor Letizia, trató de impedírselo y un policía
de paisano destinado a la seguridad pontificia lo placó como
en una jugada de rugby. "¡Yo no he sido!", exclamó
Agca. "Sí que has sido tú", le espetó
la monja. Agca quedó detenido mientras varios testigos vieron
correr a Celik pistola en mano hacia el exterior de la plaza, desapareciendo.
Su visión fue tan fugaz que aun hoy circula la historia de que
Agca estaba solo cuando disparó. Una versión que el propio
Agca avaló al principio tal vez para proteger a sus cómplices
o para evitar que le asesinaran. Aún faltaba un año para
que emergiera la "pista búlgara" u otros posibles complots
que habrían propiciado el magnicidio.
Juan Pablo II fue alcanzado, oficialmente, por una sola bala que le
hirió en el dedo índice de la mano izquierda, en el codo
del mismo brazo y en el estómago. No obstante, otras pruebas
indican que fueron dos los proyectiles que impactaron. Le dolía;
le dolía mucho y no lo ocultó. Trasladado en ambulancia
al Policlínico Gemelli, el trayecto duró ocho interminables
minutos, durante los cuales Juan Pablo II, consciente y con los ojos
cerrados, repetía: "Virgen María", "Virgen
María". Al llegar se desmayó e, inconsciente, le
administraron la extremaunción. La operación para salvar
su vida duró poco más de cinco horas, durante las cuales
prácticamente se desangró debido a una hemorragia interna.
Los médicos certificaron que el proyectil, inexplicablemente,
no tocó ningún órgano vital. No obstante, estuvo
al borde de la muerte y aquel disparo le dejó secuelas de por
vida. Los cirujanos le extirparon 56 centímetros de intestino
y le rompieron un diente al colocarle el tubo de respiración.
Cuando seis días después se recobró de la operación,
Juan Pablo II explicó que nunca temió por su vida, pues,
dijo, "una mano disparó y otra guió la bala".
Así, convencido de la intercesión de la Virgen de Fátima,
cuya festividad se celebra los 13 de mayo, perdonó "al hermano"
que le había querido matar. Un perdón que el 28 de diciembre
de 1983 el Pontífice transmitió personalmente a Ali Agca
en la cárcel de Rebbibia.
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