CONMEMORACIÓN 25 ANIVERSARIO

"El mensajero de Cristo"




Los 25 hitos del cuarto Pontífice más longevo de la Historia

Un cuarto de siglo en el que se ha renovado la Iglesia


En 25 años de pontíficado, Juan Pablo II ha vivido momentos de lo más variopinto. Algunos duros; otros reconfortantes, pero casi todos inolvidables. Aquí presentamos una cronología de los 25 hechos más importantes de la vida de Karol Wojtyla como Vicario de Cristo en la Tierra.

No son pocos los que consideran que el pontificado de Juan Pablo II se sitúa entre los cinco más fructíferos de la historia de la Iglesia, comparable al de San Pedro y San Gregorio Magno. He aquí los 25 eventos que explican la grandeza de su mandato.


Elección de un Papa eslavo (1978)
Tras la repentina muerte de Juan Pablo I el 22 de octubrre de 1978, Karol Wojtyla, el cardenal de Cracovia, se convertía en el nuevo Sucesor del Primado de Pedro. Por primera vez en más de 400 años, el Santo Padre venía de fuera de Italia. Polonia había sido tierra de dolor y muerte durante la II Guerra Mundial. Se abría una nueva etapa para la Iglesia Universal.


El abrazo de Wiszynsky (1978)
En un bello y significativo gesto, el nuevo Papa abrazó cariñosamente al cardenal Primado de Polonia, Stefan Wiszynsky. El purpurado había sido su superior en el seminario clandestino donde estudió el Pontífice. Arrodillado ante su antiguo subordinado, Wiszynsky le susurró proféticamente al oído: "Llevarás a la Iglesia al Tercer Milenio".


México, su primer viaje (1979)
Si por algo se ha distinguido el papado de Juan Pablo II ha sido por su intensa misión evangélica, llevando por todo el mundo el mensaje de Cristo. El primer viaje fuera de Italia le llevó a México, el país del mundo con mayor número de católicos. En pleno auge de la "Teología de la liberación", el Papa quiso mostrar a la nación azteca el verdadero camino de Jesús de Nazaret.


"Redemptor Hominis" (1979)
La primera de sus 14 encíclicas, "Redemptor Hominis", fue publicada por el Sumo Pontífice el 4 de marzo del 79. Suponía la primera palabra de un discurso nuevo y revolucionario que volvería a dar a la Iglesia la autoridad moral que se había debilitado en las últimas décadas.


El primer consistorio (1979)
Siguiendo las normas de Pablo VI, Juan Pablo II impuso el birrete púrpura a los primeros cardenales de su pontificado. Fue el 30 de junio, y su celebración sentaba las bases que adoptarían los ocho siguientes. Sin embargo, el Santo Padre aún se mantenía fiel a la normativa que establecía un máximo de 120 cardenales electores, y que en los consistorios de 2001 y 2003 elevaría hasta más de 130.


Próxima parada: EE UU (1979)
Después de recorrer parte de Centro América, Juan Pablo II comenzó su visita por los países de habla inglesa. Irlanda y EE UU fueron los destinos de su viaje, y la plataforma que le lanzó a lo más relevante del panorama internacional gracias a su intervención en la sede de Naciones Unidas en Nueva York.


Discurso ante la ONU (1979)
El 2 de octubre de 1979, el Sucesor de Pedro lanzó un contundente mensaje de Paz en uno de los foros internacionales más importantes del momento. La sede de la ONU fue testigo de su petición para terminar con la carrera armamentística y en la que repitió las palabras que ya pronunció allí el Pontífice Pablo VI: "¿No más guerra, no más guerra!".


Atentado en San Pedro (1981)
En medio de la multitud que abarrotaba la plaza de San Pedro y ante la estupefacta mirada de miles de fieles que esperaban para celebrar la festividad de Nuestra Señora de Fátima, un disparo heló el corazón de la Iglesia universal. El turco Alí Agca había atentado contra el Santo Padre, hiriéndole gravemente en el vientre, el codo derecho y el dedo índice. Al borde de la muerte, Juan Pablo II fue operado de urgencia durante más de 5 horas, y perdió tres cuartas partes de su sangre.


Fátima, Señora de la Vida (1982)
Después de reconocer públicamente su honda devoción por María y de asegurar que fue la Virgen de Fátima el día de su festividad quien le salvó la vida en el atentado de Agca, Juan Pablo II realiza una visita de tres días a Portugal. Allí se postra ante la imagen mariana, engarza la bala que traspasó su cuerpo en la corona de la Virgen y consagra el mundo y su pontíficado al Inmaculado Corazón de María.


Kolbe, canonizado (1982)
En octubre de 1982, el primer Papa polaco canoniza a uno de los santos más famosos y con mayor número de devotos de Polonia. San Maximiliano María Kolbe es elevado a los altares como nuevo santo y mártir de la Iglesia. El padre Kolbe ofreció su vida por la de otro preso en el temible campo de concentración nazi de Auschwitz. El hombre que logró salvarse por la mediación del religioso acudió a la ceremonia de canonización en Roma, acompañado por toda su familia.


España, una madre espiritual (1982)
La primera visita de Juan Pablo II a nuestro país fue el 31 de octubre de 1982. La finalidad del viaje es la clausura del IV Centenario de la muerte de Santa Teresa de Ávila. Sin embargo, el Pontífice se queda 10 días en nuestro país, donde recorre numerosas ciudades y es recibido con gran cariño por millones de personas. Tras orar ante la Virgen del Pilar, el Santo Padre afirmó que España se trataba de su "madre espiritual".


El perdón a Alí Agca (1982)
El 27 de diciembre, Juan Pablo II visitó en la cárcel romana de Rebibba a Ahmet Alí Agca, el terrorista turco que a punto estuvo de acabar con su vida. Karol Wojtyla demostraba que, más allá de su cargo, había una persona que deseaba perdonar por verdadero amor a Cristo y a sus hermanos. De hecho, a la semana del atentado y aún en el hospital, el Papa declaró en público que perdonaba al terrorista. Tras la visita, el Vicario de Cristo comenzó una lucha por conseguir el indulto del preso, que concluyó con su excarcelación en el año 2000. La mano oculta del KGB soviético se ocultaba tras el atentado terrorista.


Visita a la sinagoga de Roma (1986)
Una de las ideas que insistentemente ha reiterado Juan Pablo II en estos 25 años, refiriéndose a los "hermanos separados", es que "son más los elementos que nos unen que los que nos separan". En coherencia con este pensamiento, Juan Pablo II ha sido el primer Pontífice de la historia en visitar una sinagoga judía como lo hizo el 13 de abril de 1986 y una mezquita como ocurrió en Damasco (Siria) en mayo de 2001.


Santiago de los jóvenes (1989)
"¿Yo creo en la juventud!", ha repetido Juan Pablo II en infinidad de ocasiones. Ya lo puso de relieve cuando apenas se había cumplido un mes del inicio de su pontificado: "El Papa quiere a todos, pero siente especial predilección por los jóvenes". El Domingo de Ramos de 1984 comenzó en Roma una tradición: la de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Cinco años después, en Santiago de Compostela, se congregaron medio millón de ellos.


Gorbachov en el Vaticano (1989)
Algo se resquebrajaba irremisiblemente en el temido bloque comunista cuando, en diciembre, se produjo el histórico encuentro en los palacios vaticanos entre el líder soviético Mijail Gorbachov y Juan Pablo II. Tras 80 minutos de reunión un tiempo inusitádamente prolongado para el Papa, el dirigente comunista confesó: "Acaba de producirse un acontecimiento extraordinario".


Luchando por la paz en Iraq (1991)
El fantasma de la guerra volvía a planear sobre el mundo tras la invasión por parte de Iraq del endeble aunque opulento emirato de Kuwait. Juan Pablo II tomó rápidamente cartas en el asunto como volvería a hacer este año para mantener la paz, e intercambió numerosas misivas con George Bush y Sadam Husein. Aunque no logró su objetivo, la figura de Juan Pablo II como paladín de la paz se afianzó aún más.


Un nuevo catecismo (1992)
Juan Pablo II estaba dispuesto a una reforma total de la Iglesia. Y no dudó incluso en dar un lavado de cara al catecismo, "el fruto más maduro y completo de la enseñanza conciliar". El compendio de verdades de fe se convirtió en un "best seller" en todo el mundo.


"Hombre del año" (1994)
La influyente revista estadounidense "Time" recogía en la portada de su número del 18 de diciembre una gran foto de Juan Pablo II. La publicación reconocía al Santo Padre como "Hombre del año" por sus innumerables esfuerzos por la paz.


Por la democracia en Cuba (1998)
Cada vez eran menos los países que se oponían a una visita papal. Cuba, uno de los últimos feudos del comunismo mundial, recibía enfervorizada al Santo Padre. "Que Cuba se abra al mundo, y que el mundo se abra a Cuba", exhortó Juan Pablo II ante Fidel Castro.


El Congreso de Movimientos (1998)
Los nuevos movimientos de apostolado, uno de los frutos más maduros del Vaticano II, han tomado una posición cada vez más relevante en el seno de la Iglesia. Juan Pablo II ha sabido verlos como un regalo de Dios para la Iglesia del tercer milenio, y los congregó en la plaza de San Pedro del Vaticano en mayo de 1998. Un millón de personas según algunos, la congregación más numerosa hasta ese momento en Roma tomaron la explanada vaticana en una jornada de oración.


La Iglesia pide perdón (1999)
Juan Pablo II quería que la Iglesia entrara en el tercer milenio libre de ataduras. Por eso pidió perdón por los pecados "que afean el rostro de la Iglesia", un gesto que provocó un cierto rechazo en algunos católicos. Sin embargo, el Papa estaba convencido de que "la Iglesia no puede cruzar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse a través del arrepentimiento por los errores pasados".


Mensajero de Cristo en Israel (2000)
La atención mundial se volvió a centrar en la figura, cada vez más doliente y menguada, de Juan Pablo II, cuando éste llegó en peregrinación a Tierra Santa. El Santo Padre visitó, en su 91° viaje pastoral fuera de Italia, los santos lugares que recorrió Jesucristo: Belén, Nazaret y Cafarnaun. Celebró una misa en el monte de las Bienaventuranzas, otra en la basílica de la Anunciación y realizó una visita privada al huerto de Getsemaní.


San Josemaría Escrivá (2002)
Uno de los santos españoles más influyentes del siglo XX, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, alcanzaba la gloria de los altares el 6 de octubre. Más de 300.000 personas venidas de todos los rincones del orbe acudieron a la ceremonia que se celebró en Roma.


"España, Tierra de María" (2003)
¿Sigue España siendo católica? A tenor de las cifras negativas referidas a la Iglesia, proliferaron los escépticos ante la visita que Juan Pablo II realizó a nuestro país entre el 3 y el 4 de mayo. Sin embargo, cerca de un millón de jóvenes abarrotaron el aeródromo de Cuatro Vientos y la plaza de Colón de Madrid.


El hombre que derrotó al comunismo

"No tengáis miedo", el mensaje de Juan Pablo II en su primer viaje a Polonia, prendió la mecha que cambió el mundo
La fumata blanca surgió diez minutos antes de las seis de la tarde del 16 de octubre, hoy hace 25 años. El cardenal Felici anuncia la buena nueva: "Habemus Papam: cardinalem Karolum Wojtyla". El primer Papa no italiano en más de cuatro siglos procede de Europa del Este, donde el comunismo lleva varias décadas sometiendo a pueblos bajo un régimen de ferocidad desconocida. Esa misma tarde, Enrico Berlinguer, secretario general del Partido Comunista italiano, exclama: "Era lo peor que nos podía pasar". El viejo zorro se percata de las consecuencias que va a acarrear la elección de Juan Pablo II, un hombre que ya de niño solía guardar unos momentos después de la misa para rezar por la conversión de Rusia.

No fue el humo de una fumata escribió Frossard, sino el de un cañonazo que iba a remover la historia y a cuartear las ideologías que dividían al mundo. De la Polonia católica, llega a Roma un cardenal de 58 años que ha sobrevivido a las dos tiranías más salvajes del siglo XX. El joven Wojtyla salva la vida durante la ocupación nazi como picapedrero en una cantera cerca de Cracovia. Después, como sacerdote en un régimen totalitario que persigue la fe, combate la religión y pretende robar el alma a los polacos, tiene tiempo para comprender la dinámica del marxismo tanto intelectual como personalmente. Conoce el nuevo Papa tan bien el comunismo que algunos teólogos izquierdistas llegan a confundir en un principio su familiaridad con la ideología de Marx con una simpatía que podría enriquecer el diálogo entre el cristianismo y el comunismo. Están equivocados.
Sólo unos meses después, Juan Pablo II viaja a su Polonia natal con un mensaje: "No tengáis miedo". Millones de polacos se echan a la calle. Walesa y los obreros de Gdanks ya no están solos. El movimiento de "Solidaridad" comienza a gestarse y toma impulso. "Las gentes se vieron juntas como una masa enorme y nos dimos cuenta de que éramos capaces de organizarnos solos", recordaría años después Mazowiescki, convertido ya en el primer dirigente polaco no comunista desde la II Guerra Mundial. En Moscú, una camarilla de ancianos estalinistas asiste incrédula a tal demostración de audacia. Lituanos y ucranianos, húngaros y checoslovacos, captan el mensaje del nuevo Papa. Juan Pablo II ha prendido la mecha que terminará por cambiar el mundo tal y como se conoce hasta entonces. "Si los acontecimientos del Este tienen un punto de partida, no es tanto la perestroika como la visita del Papa a Polonia en junio de 1979", escribiría después Guy Sorman.
El Papa polaco irrumpe en mundo dividido en bloques, donde todo se da por supuesto desde que en 1945 Stalin embaucara a un Roosevelt enfermo que se precipitaba hacia la agonía. A una lado, las democracias liberales con su economía de mercado. Al otro, el bloque soviético y socialismo real impuesto por los tanques, aún en expansión por Asia e Iberoamérica. Es la Guerra Fría, la del miedo a desencadenar el apocalipsis nuclear en un tablero donde cada nación tiene asignado un papel. Juan Pablo II, que ha sufrido en sus carnes la tiranía nazi primero y la "liberación" del Ejército Rojo después, irrumpe en ese "statu quo" que nadie se atreve a cuestionar con la fortaleza que le otorga su fe en el mensaje de Jesús: "La verdad os hará libres". El cristianismo, explica Juan Pablo II a Vittorio Messori, no es solamente una religión del conocimiento, de la contemplación. "Es dice una religión de la acción de Dios y de la acción del hombre". El primer Papa eslavo transmite esa capacidad transformadora de la fe con singular convicción, con una vitalidad y una sencillez que agrieta muros que hasta entonces nadie había imaginado derribar. "Nadie tiene derecho a expulsar a Jesucristo de la historia", proclama. Y la media Europa condenada a vivir bajo regímenes que persiguen el Evangelio empiezan a sentir que la historia juega ahora a su favor.
¿Yalta por los aires! Juan Pablo II se gana las iras de Moscú. Las terminales del comunismo en los países libres se ponen manos a la obra para intentar desacreditar al Vicario de Cristo en la Tierra: ¿es un reaccionario! ¿un enemigo de la distensión entre el Este y el Oeste!, gritan.
La esperanza de "Solidaridad"
Un año después de su primer viaje a Polonia, "Solidaridad" se ha convertido en la esperanza no sólo de una nación. La Europa sometida por la bota de Moscú sigue con expectación el desafío pacífico de la primera revolución obrera en el paraíso del proletariado, donde los trabajadores comulgan todas las mañanas antes de ocupar sus puestos en la huelga y donde todos reconocen que su fuerza brota de la fe. En las verjas de los astilleros, retratos de Juan Pablo II e imágenes de la Virgen de Czestochowa. "Si se pone mucha atención, se puede sentir cómo late el corazón de la nación en el corazón de la Madre", había explicado el Papa a sus compatriotas en el primer viaje como Pontífice a la colina de Jasna Gora (Montaña clara) donde se encuentra el icono de la patrona de Polonia.
El 31 de agosto de 1980 las televisiones de todo el mundo ofrecen la misma imagen: la firma de los acuerdos de Gdanks, que convierten a "Solidaridad" en el primer sindicato libre tras el telón de acero. El imperio comunista contempla la primera grieta en el muro... "La enseñanza social de la Iglesia constituye la base sin la cual nada de esto sería posible, ni siquiera imaginable. Sin esta sólida base, la explosiva situación que prevalecía en Polonia habría degenerado en incontrolables conflictos", recuerda Walesa en sus memorias.
La reacción no se hace esperar. 13 de mayo de 1981. Espléndida tarde de primavera en Roma. Veinte mil peregrinos de los cinco continentes asisten en la Plaza de San Pedro a la audiencia general de los miércoles. Un joven, mal afeitado, de tez oscura, traje gris y camisa blanca se abre paso entre la muchedumbre. Busca situarse cerca de la trayectoria que seguirá el "Toyota" blanco con el escudo pontificio que hace unos segundos salió a la plaza por el Arco de las Campanas.
El Papa viaja de pie en la parte trasera del descapotable. Le acompañan su secretario, Stanislav Dziwisz, y su ayudante personal, Angelo Gugel. El coche avanza muy despacio. Los fieles se abalanzan para estrechar la mano al Santo Padre. Una mujer le tiende una niña rubia, Juan Pablo II la coge en brazos, la da un beso y la devuelve a su madre.
El hombre del traje gris ha conseguido situarse a sólo cinco metros de la barrera. Ha visto la escena. Sus ojos oscuros apenas parpadean, no dejan de seguir la figura del Papa. En su bolsillo empuña una "Browning" de mortífera eficacia. Juan Pablo II acaricia a otro niño, hace la señal de la cruz en su frente, y vuelve a incorporarse. Ha llegado el momento. Pasan 19 minutos de las cinco de la tarde. Suenan dos disparos. Todas las palomas del Vaticano alzan el vuelo.
Juan Pablo II cae sobre su secretario. En su rostro se refleja un intenso dolor. El desconcierto es total. Guardias suizos de paisano suben al coche. El conductor acelera para regresar al interior del Vaticano lo antes posible, de nuevo por el Arco de las Campanas. La faja del Papa se tiñe de rojo. El autor de los disparos huye abriéndose paso a codazos.
Una ambulancia traslada al herido a la clínica Gemelli. Juan Pablo II no deja de rezar un solo instante. Ingresa en el quirófano en estado muy grave. "Yo sé que disparé bien, miré perfectamente. Sé que el proyectil era devastador y mortal... ¿Por qué entonces usted no ha muerto?". Dos años después, cuando el Papa acudió a la cárcel para perdonar a Alí Agca, éste le reconocería que aquella tarde nunca dudó de que había conseguido su objetivo.
El virus polaco
Juan Pablo II salva la vida. Y a esa suerte se suman otras, como la irrupción en la escena internacional de otra figura que iba a convertirse en aliado del Papa para jugar un papel clave en los acontecimientos que habrían de sucederse. Ronald Reagan llega en enero de 1981 a la Casa Blanca compartiendo dos cosas con Juan Pablo II. Una: el argumento a favor de la libertad es un argumento moral, además de político y económico. Dos: en ningún lugar estaba escrito que media Europa tuviera que estar condenada a vivir bajo el comunismo. Ni Juan Pablo II ni Reagan se resignan al fatalismo de tener que considerar esa tiranía como inmutable y trabajan conjuntamente hasta su colapso definitivo, simbolizada en la caída del Muro de Berlín en 1989.
Apenas cuatro meses antes del atentado, Juan Pablo II había recibido a Walesa por primera vez en el Vaticano. El Papa no habló sólo para los polacos: "El esfuerzo de aquellas semanas de otoño, aquel inmenso esfuerzo que debe proseguir, no ha sido dirigido contra nadie. No se vuelve contra, se orienta hacia: hacia el bien común", dijo. Y añadió: "Este derecho que de hecho es un deber, el de acometer semejante esfuerzo, pertenece a cada pueblo, a cada país. Es un derecho reconocido y confirmado por el código de vida de las naciones".
El virus polaco está inoculado en el resto de los países de Europa del Este. Ya no hay vuelta atrás. Lo que entra en crisis es la legitimidad de los regímenes impuestos por los tanques del Ejército Rojo. Son años en los que todavía una gran mayoría de la clase intelectual en Occidente mantiene una ceguera voluntaria sobre los crímenes del sistema soviético, a los que se considera, en palabras de Sartre, "la enfermedad infantil de una nueva historia, el camino suplementario que la humanidad debe recorrer para acceder un día al humanismo".
Juan Pablo II conoce la debilidad que deja al comunismo sin futuro: "Los jóvenes ya no le siguen", reconoce en 1985, año en el que un tercer personaje entra en liza: Mijail Gorbachov. Llega para reformar el sistema soviético algo que era inviable, como se demostraría después pero la historia le guarda hoy un lugar privilegiado por ser el hombre que renunció al uso de la fuerza para evitar que el imperio levantado por Stalin se viniera abajo. Visto el comportamiento de sus predecesores en Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), el mérito de Gorbachov no es poco. La transición pacífica del yugo soviético a la democracia en Polonia duró diez años; en Hungría diez meses; en Alemania diez semanas, y en Checoslovaquia, apenas diez días.
"¿Cuántas divisiones tiene el Papa?", preguntó una vez Stalin para ridiculizar el poder del Vaticano. Diez años de Pontificado habían bastado a Juan Pablo II para responder: él tenía la fe en el mensaje del hijo del carpintero, una fuerza que empleada con audacia había transformado el mundo sin necesidad de movilizar un solo tanque. "Hoy podemos decir que todo lo que ha ocurrido en Europa Oriental no habría sucedido sin la presencia de este Papa", reconocería años después el último presidente de la URSS.

El último gran secreto de Roma
El 13 de mayo de 1981 dos extremistas turcos dispararon contra Juan Pablo II en la plaza de San Pedro
EDUARDO MARTÍN DE POZUELO
La Vanguardia, 15/10/2003

Más de una vez ha relacionado los dos momentos más importantes de su vida, el del nacimiento y el de la elección papal, con la Providencia divina y el cuidado maternal de María. En una ocasión comentó que, de su elección como Papa "hubo, en realidad, sólo dos aniversarios; los siguientes han sido un regalo".
Se refería a haber sobrevivido milagrosamente al atentado del 13 de mayo de 1981. En octubre de aquel año, siguiendo su costumbre de reflexionar sobre la historia y el tiempo, Juan Pablo II hacía notar que "el incidente de la Plaza de San Pedro tuvo lugar en el mismo día y a la misma hora de la primera aparición de la madre de Cristo a unos pobres pastorcillos". Y a la Virgen de Fátima agradece haber salvado su vida, que parecía definitivamente perdida a causa de una bala que hoy se encuentra semiescondida, en el interior de la corona de la imagen blanca de la Capelinha.

Cuando a las 17.17 horas del 13 de mayo de 1981 el ultraderechista turco Mehmed Ali Agca disparó contra el Papa, abrió la puerta a un laberinto de intrigas que nadie ha logrado esclarecer. Dos procesos en Italia, las investigaciones de los servicios secretos de media Europa y Estados Unidos y la supuesta apertura, tras la caída del telón de acero, de los archivos del KGB y de la inteligencia búlgara no han conseguido iluminar el asunto. Un caso que Robert M. Gates -con 27 años de experiecia en la CIA, a la que dirigió entre 1991 y 1993- calificó como el "último gran secreto de nuestro tiempo".

Aquel miércoles, Karol Wojtyla almorzó con Jèrôme Lejeune, un prestigioso médico francés antiabortista que colaboraba con el Pontífice en la planificación familiar por métodos naturales. A las cinco de la tarde, Juan Pablo II salió del palacio Apostólico a bordo del "papamóvil" descubierto, para su tradicional audiencia general semanal en la plaza de San Pedro. Unas 30.000 personas se agolpaban para ver al Papa en la gran plaza vaticana sobre la cual, marcado con unas vallas de madera, era visible el recorrido que haría en vehículo especial. Confundidos entre los presentes y apostados cerca de la fuente Compagnola Bianca -en el lado derecho de la plaza-, dos hombres, armados de sendas pistolas y una granada, esperaban la ocasión de matar a Juan Pablo II.

Aquel miércoles por la mañana, Mehmet Ali Agca y Oral Celik, integrantes de la organización turca ultranacionalista de extrema derecha Lobos Grises, aparcaron el Ford Taunus, alquilado días atrás en Munich, en Via Porta Angelica, junto al Vaticano, y se alejaron de la zona en taxi. Desayunaron en la plaza Barberini, pasearon por la ciudad y hacia las tres de la tarde recogieron dos pistolas y una granada que habían dejado en una bolsa en la pensión Isa, en Via Cicerone. Luego, a pie, se dirigieron por Via de la Conciliazione hacia la plaza de San Pedro, mezclados entre una multitud que subía por la misma avenida, en busca de buenos lugares que les permitieran ver de cerca al Papa.

Agca, vestido con pantalón gris y camisa blanca, se colocó junto a una monja que esperaba impaciente, en una tercera fila. No estaba lejos del lugar donde habían aparcado el coche. Celik, con vaqueros y cazadora de piel, se situó a unos 25 metros de su cómplice. Su plan era sencillo: cuando el Papa llegara a su altura, Agca le dispararía con la Browning automática de 9 mm y Celik le secundaría con su Beretta de 7,65 mm. Entonces Celik lanzaría la granada y aprovechando la confusión huirían a la carrera hacia el Ford Taunus.

El "papamóvil" avanzaba lentamente entre el entusiasmo general. Juan Pablo II saludaba y estrechaba las manos de los más próximos. Una mujer levantó a su hija hacia el Santo Padre. Juan Pablo II la tomó entre sus brazos, la besó y la devolvió a su madre. Centenares de flashes alumbraron la escena. A menos de seis metros, una pistola se alzó sobre la muchedumbre, apuntó hacia el Papa y disparó dos o tres veces, la segunda vez probablemente al mismo tiempo que disparaba Oral Celik. Las palomas levantaron el vuelo por el estruendo, el Papa se reclinó herido y la gente gritó: ¡Han disparado contra el Papa! ¡Han matado al Papa! Otras dos personas cayeron asimismo heridas.

La monja vio cómo el hombre que tenía a su lado levantaba la mano con un arma. Sorprendida, trató de impedirlo y se colgó literalmente del brazo de Agca. La pistola cayó al suelo. Celik no lanzó la granada. El plan estaba fallando, al menos en la parte que correspondía a la huida. Agca quiso correr. La monja, sor Letizia, trató de impedírselo y un policía de paisano destinado a la seguridad pontificia lo placó como en una jugada de rugby. "¡Yo no he sido!", exclamó Agca. "Sí que has sido tú", le espetó la monja. Agca quedó detenido mientras varios testigos vieron correr a Celik pistola en mano hacia el exterior de la plaza, desapareciendo. Su visión fue tan fugaz que aun hoy circula la historia de que Agca estaba solo cuando disparó. Una versión que el propio Agca avaló al principio tal vez para proteger a sus cómplices o para evitar que le asesinaran. Aún faltaba un año para que emergiera la "pista búlgara" u otros posibles complots que habrían propiciado el magnicidio.

Juan Pablo II fue alcanzado, oficialmente, por una sola bala que le hirió en el dedo índice de la mano izquierda, en el codo del mismo brazo y en el estómago. No obstante, otras pruebas indican que fueron dos los proyectiles que impactaron. Le dolía; le dolía mucho y no lo ocultó. Trasladado en ambulancia al Policlínico Gemelli, el trayecto duró ocho interminables minutos, durante los cuales Juan Pablo II, consciente y con los ojos cerrados, repetía: "Virgen María", "Virgen María". Al llegar se desmayó e, inconsciente, le administraron la extremaunción. La operación para salvar su vida duró poco más de cinco horas, durante las cuales prácticamente se desangró debido a una hemorragia interna. Los médicos certificaron que el proyectil, inexplicablemente, no tocó ningún órgano vital. No obstante, estuvo al borde de la muerte y aquel disparo le dejó secuelas de por vida. Los cirujanos le extirparon 56 centímetros de intestino y le rompieron un diente al colocarle el tubo de respiración.

Cuando seis días después se recobró de la operación, Juan Pablo II explicó que nunca temió por su vida, pues, dijo, "una mano disparó y otra guió la bala". Así, convencido de la intercesión de la Virgen de Fátima, cuya festividad se celebra los 13 de mayo, perdonó "al hermano" que le había querido matar. Un perdón que el 28 de diciembre de 1983 el Pontífice transmitió personalmente a Ali Agca en la cárcel de Rebbibia.